Hablo de cuando durante unas cortas vacaciones trimestrales pasadas en casa de mi abuela paterna, un desfile militar, visto desde el balcón de la Diagonal, era un espectáculo fenomenal a los ojos de un chaval de corta edad. La Diagonal, desde Calvo Sotelo a los “encants” (hoy plaza de les glories -en obras permanentes-), acogía una ingente multitud. Eso de las multitudes no es nada nuevo para quien ha vivido los años suficientes. Al paso de unos coches negros (que aquí se llamaban “aïgues”), mucha, muchísima gente levantaba el brazo derecho. “Pourquoi ils lèvent la main comme les boches, mémé?” Las preguntas a mi abuela las contestaba habitualmente mi abuelo. “Aquets fà dos dies alçaven l’altre braç i tancaven el puny. La gent és arribista i s’ha fanatitzat.”, respondía mi abuelo. Mi abuelo estaba abatido y triste.
El “era” la gauche divine de sus tiempos. Amigo de Rusiñol y José Luis de Vilallonga, adicto a Unamuno, Valle-Inclán, Pio Baroja, Machado y Azorín, mi abuelo, anticlerical y defensor del modernismo y la república, vivía intensamente sus paradojas intelectuales pero se veía superado por aquella realidad. Un colosal gentío presente en toda la longitud de la entonces Avenida del General Franco había sido abducido por un hechizo incompresible. Eran Catalanes, era su gente, era inaceptable e injustificable; insoportable para mi abuelo.
Mi abuela materna, Esther Antich Sarriol, sentenciada a muerte por los vencedores en España y exiliada en Francia, le mandaba cartas de consuelo y esperanza. Luchó cuanto pudo, pero fue demasiado largo, demasiado duro y a mi abuelo se le escapó la vida mucho antes que al odiado dictador.
La realidad es la que es. Uno puede negarla, mentir sobre ella, tratar de ocultarla, enmascararla por los medios más imaginativos y finalmente la “gente” puede ser engañada durante un tiempo. Engañar quiere decir hacer aflorar sentimientos impostados que no responden a la realidad sino a la falsa imagen concebida a partir de la mentira y la propaganda.
Lo malo es que la realidad no se entera de todo eso y sigue siendo lo que es.
Lo peor de una realidad, sea territorial, social o política es que esté inserta en un entorno que no permita su adecuación al paso de los tiempos. Deben existir en cualquier entorno social, medios y caminos que permitan mudar, enmendar y transformar cualquier realidad.
Si las vías de cambio y enmienda existen, no son válidos atajos fuera del entorno que las habilita y permite. Lo contrario es desleal y deshonesto. Lo que era válido en la lucha de mi abuelo no lo es hoy en día, por mucho que la matraca propagandística quiera confundir los tiempos pasados con los presentes. La realidad no es la misma.
Creo que no es malo, incluso bueno ser un poco “somiatruites”. Soñar permite construir realidades virtuales por las que luchar y finalmente transformar legítimamente nuestro entorno. Lo malo es que acabemos siendo crédulos hasta el papanatismo y luego, ya cruzado el horizonte de la racionalidad, obcecados, nos arrojemos al irreflexivo fanatismo, siempre insensato.
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