Tanto más lejos estoy de la defensa de un idioma cuanto más sus valedores
lo desean imponer. La lengua, el idioma, el diálogo tienen en mi opinión, una
sola finalidad. Entenderse con los demás. Forma parte de este entendimiento la
comunicación de convicciones e ideas, pero la quiebra del propósito del
lenguaje es convertirlo en arma, imposición y ofensa.
Me refugio a menudo en la simple meditación y me doy cuenta de que no
preciso del lenguaje para ello. Es frecuente que mis reflexiones tampoco me
aporten claros resultados ni unívocas conclusiones. No obstante, especulo que
la (o las) crisis de mi amigo Paco son resultado de la frustrante evidencia de
que mucha gente no es todo el mundo. Y cuando algunos forman parte de mucha
gente, éstos tienden a creer que su opinión es general, cierta, absoluta y
compartida por todo el mundo.
Si se abandona la duda y se descuida el dialogo, se pierde el respeto por
aquellos que no comparten la propia convicción. Es sorprendente la cantidad de
personas que abanderan el respeto a la diversidad étnica o racial o de género,
o de orientación sexual, y pierden el “oremus” ante la diversidad de opinión.
Mucha gente no es todo el mundo ni tiene porque ser la mayoría.
Personalmente no creo en las mayorías salvo en los conceptos más básicos,
aquellos más ligados a nuestra hipófisis, a nuestra base reptiliana y hormonal.
La inteligencia produce diversidad. Aunque sea en intensidad, en gradación, en
tono o aspecto, entorno a una misma idea debe existir la diversidad ligada al
propio razonamiento.
No obstante, es una insensatez ignorar el malestar mostrado de forma
diáfana y repetitiva por mucha gente. No les doy la razón, ni se la niego (no
soy yo quién para ello, entre otras razones). Pero cuando algunos de tus amigos
muestran su desazón, es conveniente atenderlos
y dialogar para hallar un acuerdo que evite su molestia. Llegar a un
acuerdo es tan solo estar de acuerdo en que la solución pactada es la mejor
dentro de las posibles. O como dicen de la democracia, el menos malo de los
remedios.
Cuando se sustituye el propio pensamiento por la consigna, cuando se
renuncia al malestar de la duda y la autocrítica, cuando se abandona el diálogo
por miedo a estar equivocado en algo o en alguno de los razonamientos que
sustentan tu convicción, a tener que ceder en algo de la propia posición para
llegar a un acuerdo, el peligro de convertirse en un elemento de masa es
inminente. Si el ser humano se convierte en masa, ocurren las peores
catástrofes. La bestialidad suplanta, aunque sea temporalmente, a la humanidad.
Mi amigo Paco es un humanista y la bestialidad le repugna y le escandaliza.
Mi amigo Paco es alérgico a la intolerancia.
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