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martes, 13 de septiembre de 2016

A mi amigo Paco

Entiendo el estado de desespero que a veces traslucen las opiniones de mi amigo Paco. No es que yo esté de acuerdo o en desacuerdo con sus ideas. Difícilmente estoy totalmente de acuerdo o desacuerdo con algo, ya que mi estómago, mi corazón y mi cabeza opinan a menudo de forma distinta o cuanto menos con matices diversos. Mi manifiesta incapacidad de estar totalmente a favor o en contra de un solo juicio enfatiza en mi pensamiento el valor del dialogo.
Tanto más lejos estoy de la defensa de un idioma cuanto más sus valedores lo desean imponer. La lengua, el idioma, el diálogo tienen en mi opinión, una sola finalidad. Entenderse con los demás. Forma parte de este entendimiento la comunicación de convicciones e ideas, pero la quiebra del propósito del lenguaje es convertirlo en arma, imposición y ofensa.
Me refugio a menudo en la simple meditación y me doy cuenta de que no preciso del lenguaje para ello. Es frecuente que mis reflexiones tampoco me aporten claros resultados ni unívocas conclusiones. No obstante, especulo que la (o las) crisis de mi amigo Paco son resultado de la frustrante evidencia de que mucha gente no es todo el mundo. Y cuando algunos forman parte de mucha gente, éstos tienden a creer que su opinión es general, cierta, absoluta y compartida por todo el mundo.
Si se abandona la duda y se descuida el dialogo, se pierde el respeto por aquellos que no comparten la propia convicción. Es sorprendente la cantidad de personas que abanderan el respeto a la diversidad étnica o racial o de género, o de orientación sexual, y pierden el “oremus” ante la diversidad de opinión.
Mucha gente no es todo el mundo ni tiene porque ser la mayoría. Personalmente no creo en las mayorías salvo en los conceptos más básicos, aquellos más ligados a nuestra hipófisis, a nuestra base reptiliana y hormonal. La inteligencia produce diversidad. Aunque sea en intensidad, en gradación, en tono o aspecto, entorno a una misma idea debe existir la diversidad ligada al propio razonamiento.
No obstante, es una insensatez ignorar el malestar mostrado de forma diáfana y repetitiva por mucha gente. No les doy la razón, ni se la niego (no soy yo quién para ello, entre otras razones). Pero cuando algunos de tus amigos muestran su desazón, es conveniente atenderlos  y dialogar para hallar un acuerdo que evite su molestia. Llegar a un acuerdo es tan solo estar de acuerdo en que la solución pactada es la mejor dentro de las posibles. O como dicen de la democracia, el menos malo de los remedios.
Cuando se sustituye el propio pensamiento por la consigna, cuando se renuncia al malestar de la duda y la autocrítica, cuando se abandona el diálogo por miedo a estar equivocado en algo o en alguno de los razonamientos que sustentan tu convicción, a tener que ceder en algo de la propia posición para llegar a un acuerdo, el peligro de convertirse en un elemento de masa es inminente. Si el ser humano se convierte en masa, ocurren las peores catástrofes. La bestialidad suplanta, aunque sea temporalmente, a la humanidad.

Mi amigo Paco es un humanista y la bestialidad le repugna y le escandaliza. Mi amigo Paco es alérgico a la intolerancia.