Las
guerras nunca se ganan, en mayor o menor medida, una guerra siempre se pierde.
Con el tiempo acaba no siendo relevante ni la victoria ni la derrota. Tan solo
permanece el nefasto recuerdo del conflicto con sus consecuencias funestas
donde el rencor y el resentimiento imperan tanto en el bando formalmente
vencedor como en el vencido, si ello llega a reconocerse como tal.
La
humanidad debería recordar su historia y reconocer a los instigadores de los
conflictos como los más deplorables ejemplares de su especie. Es siempre difícil
explicar a un niño porqué cualquier lucha cruenta debe ser evitada a toda costa
y que para ello el ser humano dispone de potentes armas como el razonamiento y
la empatía. Educamos a nuestros adolescentes para que puedan defenderse en
entornos hostiles, tememos que sean dominados, sometidos, aplastados por esta
sociedad agresiva y violenta que nos rodea. Nos contradecimos de forma
permanente exigiendo que prevalezcan los valores de una utópica comunidad
humana y nos vemos obligados a combatir diariamente con pocos escrúpulos para preservar nuestro sistema, nuestra familia y, a veces, nuestro propio modo de vida.
Quizás
la respuesta más difícil a un “porqué” extemporáneo y que nos coge siempre a
contrapié, es explicar un acto de terror, el anulador fanatismo, la vacua
explosión de odio y exasperación que rechaza todo argumento y anula toda
expresión de afinidad y respeto al ser humano.
Cualquier
creencia es considerable mientras no sea excluyente de otras creencias y
respete al ser humano en su integridad física e intelectual. No me siento
equidistante en estas y muchas otras cuestiones. La intolerancia extrema y la
intransigencia derivadas naturales del fanatismo no deben ser aceptadas dentro
de nuestra sociedad. Toda creencia que posicione su verdad por encima del
respeto al discrepante, debe ser combatida como mal invasivo. Esta es la única
guerra que debiera ser ganada.
Schopenhauer , en su libro "El arte de tener razón" cita 38 estrategias para convencer al adversario (y al público asistente) de forma fraudulenta. No son razonamientos, son estratagemas usadas habitualmente por políticos, populistas y demagogos. Son perfectamente reconocibles y no sirven para articular un argumentario basado en conceptos estructurados o irrefutables.
Abandonar
nuestra capacidad de razonar de forma flexible e intentar explicar nuestro
juicio buscando convencer y aprender al tiempo, es una muestra cobarde de
nuestra inseguridad y evidencia falta de consideración por los demás. Zafarse
de la controversia, ocultando la propia opinión y eludir el debate escatima reflexión
y riqueza a nuestro entorno intelectual. En el fondo, tal postura esconde
frecuentemente la vergonzosa y vergonzante esperanza de que otro imponga el
criterio propio por cualquier medio, y así poderse arrebujar en el confort de un falso éxito.
Veo
crecer la aversión por el diálogo en la controversia y temo que sea resultado de simple falta
de argumentos y miedo de que aparezca la discusión y el altercado de la
sinrazón. Confundir debate de ideas con disputa de la verdad es confundir
adversario con enemigo.
A
mi entender, el debate con argumentos ante adversarios de talla intelectual es
cohesionador de grupos y sociedades. A falta de ello, se instala el hastío,
sino la disputa y hasta el conflicto, el abuso y el despotismo. Somos
responsables de lo que ocurra a, y en nuestra sociedad. Por ahora vamos camino
de reducir nuestras capacidades a la adicción a la pantalla de nuestro móvil, que más aleja a los próximos que acerca a los distantes.
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