El matiz y
el concepto
Escasean los matices. Los ahogamos
en conceptos globales, lo cual mengua de forma relevante nuestra capacidad de
análisis y juicio. Generalizamos muy a menudo por pereza, por hastío o por
impotencia y conformismo. Hacemos caso a consignas y nos sometemos a corrientes
con la simple motivación de mantenernos en un grupo que nos otorga la supuesta dignidad
que ansiamos y tememos no merecer de forma individual. No es nuestra culpa. Nos han condicionado de tal manera que ha sido
en la mayoría de casos cuestión de supervivencia. “Finesse et nuance” han
sucumbido y cualquier cuadro pintado por nuestra sociedad será tan solo un
garabato, un borrón pintarrajeado con la brocha gorda y chapucera de la consigna y el
eslogan políticamente correcto o convenido por nuestro clan o el clan opuesto,
cada vez más semejantes a simples bandas que perduran a base de simplificar su
mensaje.
Estamos renunciando a
nuestra capacidad individual de juicio en beneficio de la colectividad en la que pretendemos fusionarnos, mimetizarnos y, en ocasiones escondernos, en parte,
con el vergonzoso y oculto pretexto de ahogar nuestra duda, disolver nuestro
error y justificar cualquier decisión, diluir cualquier riesgo personal.
Evitamos señalar. No por cortesía o civismo, sino por miedo a que nos corten el
dedo o destaquemos como delatores de un interés que puede, a su vez,
perjudicarnos, martirizarnos y hasta destruirnos. Nos hemos vuelto cobardes,
deshonestos y pusilánimes. El buenismo y la memez imperantes son actitudes
inducidas, reacciones de sumisión para dar lástima, parecer inofensivos y no
ser objetivo de los ataques del colectivo circundante o del poder vigente o
fáctico. Así veo desgraciadamente nuestra sociedad. No es nuestra culpa, es simple instinto de supervivencia.
¿Cuáles son nuestras
referencias? ¿Cuáles son nuestras fuentes de información? Hay realidades que
solo corresponden a un solo número, a un solo hecho. Pero jamás nos llegan en
su escueta objetividad y valor. Nos filtran su validez, su importancia, su
categoría, y nos imponen un determinado mérito o demérito y una presunta
utilidad. Esto, cuando no nos ocultan simple y llanamente el suceso o se
deforma de tal manera el contexto que distorsiona cualquier esencia de lo
sucedido.
Ciertamente, un hecho, un
valor, puede (y debe) ser analizado desde distintos puntos de vista. Pero se
entra en otra dimensión del suceso y debe reconocerse como tal. Las opiniones
pueden divergir en función de múltiples condicionantes, ideologías, ámbitos,
culturas e intereses. No obstante, la esencia del hecho o del valor no debería
ser suplantado jamás por la opinión que nos merece. Y esto es lo que hacen
indefectiblemente los medios actuales de comunicación. Barajando distintos
periódicos, tirando de hemeroteca y rebuscando documentos desclasificados, uno
se da cuenta del evidente y monumental engaño que conforma el actual sistema de
información pública y privada. El presente contexto y los acontecimientos de
los últimos años certifican que las personas están desconectando de esta falsa
realidad impuesta y su desafección hace fracasar hasta las más consolidadas y
orquestadas predicciones. Con ello, el combate de los informadores con los
creadores de opinión se ha convertido en la derrota de la ética y el triunfo de
la influencia y el sectarismo. De tal manera que leer, escuchar o ver una misma
noticia desvela de forma instantánea el medio que la divulga.
La pérdida de credibilidad
de los medios, las instituciones y las propias administraciones está afectando
profundamente las costumbres de las personas, que buscan por vías menos
convencionales informarse de forma primaria. Codiciados por los poderes que han
arruinado las fuentes habituales, las redes sociales y los mecanismos de
comunicación multilateral, faltos del rigor que la profesionalidad debería
proporcionar, suplen progresivamente los medios hasta ahora habituales. Del
fuego a las brasas. Los “fakes”, “post-verdades” o sea, embustes, farsas,
estafas y fraudes, invaden de forma masiva la red en la que pretendemos pescar certezas
y que nos atrapa, convirtiendo el cazador en presa. Más que informar, nos
quieren, no convencer, sino captar. ¡Y ya no son profesionales, somos nosotros
mismos! Si no andamos con extremo cuidado y potenciamos la autocrítica, somos
los peores voceros y serviles propagadores de los potentes manipuladores y
creadores de opinión.
Como siempre, la evolución
positiva de ésta y cualquier otra situación está en nosotros mismos. No como
conjunto sino como individuos. Uno a uno y una a una. Sin ponerse de perfil ni
endosar la responsabilidad a ningún colectivo que nos arrope. Debemos mirar a
la cara a cada persona, despojarla en nuestra percepción de toda etiqueta,
rechazar todo prejuicio y tener la valentía de recomenzar de cero con la
información a nuestro alcance. Nuestra apreciación y valoración deben ser
fundamentales. Cada persona es distinta a cualquier otra, y merece nuestra
atención y respeto. Ello no debe impedir formarse un criterio propio en función
de nuestras referencias, nuestras experiencias y nuestras reflexiones. En
alguna ocasión nos engañarán, en otras nos equivocaremos y en toda
circunstancia deberemos estar atentos y preparados para modificar o completar
nuestra percepción y nuestro criterio. Según creo, es relevante esta valoración
del individuo, ya que a través de otras personas conocemos los hechos. Pocos,
poquísimos son los acontecimientos que presenciamos en primera persona. Una
elevadísima proporción de lo que conforma nuestra realidad procede de personas,
medios, instituciones y colectivos.
A mi entender, la base es
la persona. Probablemente no sea frecuente que la primera fuente de información
sea una persona directamente conocida. Pero la verificación de los hechos, la
conformación de nuestra verdad, la configuración de lo ocurrido tanto
conceptualmente como con sus matices, debe imperativamente contener elementos
confirmados por algo o alguien de confianza. La certidumbre sobre el hecho debe
relativizarse en función de su procedencia y su grado de comprobación. La
gradación de la cualidad o acción debe ser fijada sin complejos ni tópicos.
Toda violencia es execrable. Pero habrá violencia peor que otra y debemos tener
la valentía de valorar, juzgar y en su caso, expresar nuestro criterio
razonado.
A partir de ahí uno puede
tomar partido o no. Opinar en un sentido u otro y actuar en consecuencia. Nada
ni nadie salvo nosotros mismos puede decidir. Dejar que lo haga cualquier otro,
sea persona, colectivo o convención es una manera de engañarse a sí mismo; es
una práctica que, por habitual, no deja de ser deshonesta. Renunciar a esta
capacidad individual agravia nuestra condición de seres humanos. Seguir a ojos
cerrados la postura de cualquier colectivo adormece tanto nuestra conciencia
como nuestro sentido crítico.
Lo escrito, claro está, es
tan solo mi opinión. Una reflexión sobre mi aversión a la generalización, las
modas, las convenciones y todas aquellas componendas que conforman los
invariables tópicos tanto políticamente correctos como basados en simplezas onomatopéyicas.
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