Hoy he visto a mi nieto. Siete meses de vida y una sonrisa que ya ilumina más de lo que él imagina. He podido acariciarle las manos, pequeñas, suaves, vivas. Le he lanzado un beso, sin levantarlo en brazos, porque no está bien visto por sus padres. Porque sus padres —mi hija y su esposo— prefieren mantener cierta distancia, una cautela que no comparto pero que respeto.
Me ha dolido no poder tenerlo en brazos. No poder acunarlo, ni tan siquiera sentir su peso sobre mi pecho. A su madre, cuando era bebé, todos mis amigos la cogieron, la besaron, la arrullaron. Y fue una niña feliz, segura, querida. No entiendo bien este cambio de mirada, esta contención. Pero no es momento de reproches, sino de asumir que hay caminos nuevos, aunque uno no los haya elegido.
Hoy he visto a mi nieto. Y aunque el encuentro ha sido breve y limitado, me ha llenado el corazón. Porque verle reír, aún sin tenerle en brazos, es una bendición. Porque sé que algún día, cuando camine, cuando hable, cuando empiece a preguntar por su entorno, también preguntará por mí.
Tengo esperanza, paciencia y este niño me genera amor. Discreto, sereno, e intacto a pesar de mi edad. Algún día, confío, podré compartir con él lo que llevo guardado: cuentos, canciones, paseos, aficiones y reflexiones, silencios compartidos. Mientras tanto, agradezco el momento, el contacto, esa chispa de vínculo que comienza a nacer.
Hoy he visto sonreir a mi nieto. Y eso, hoy, es todo lo que necesito.
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