martes, 18 de julio de 2017

Disapointed

Nunca me he sentido cómodo hablando Inglés. Por trabajo, para poderme comunicar, para poder expresar en público y ser entendido, no he tenido mas remedio que hablar en este idioma que se ha impuesto en todos los países de habla no inglesa (todos los europeos dentro de poco) que yo llamo "spichinglish" o "cross language". Es ese idioma de vocabulario reducido que permite comunicarse mejor a un español con un polaco, un alemán o un danés, que con un inglés o un americano. Ni Shakespeare ni Ernest Hemingway hubieran podido crear sus obras maestras con tan magro léxico.
Acabo de descubrir uno de los errores que he cometido durante los últimos 60 años. Para decir extrañado, sorprendido, asombrado, chocado; en definitiva, desconcertado, yo siempre he dicho "disapointed". Hoy me siento "disapointed" y me han revelado que eso significa decepcionado, defraudado, perdido. Bueno... tal vez.
Durante los años 30, nadie salía de casa sin un adorable y decoroso sombrero. Ni hombres ni mujeres que tuvieran a bien mostrar un mínimo estatus social mostraban su pelo (o su calva) sin estar cubiertos por un casto techo. La rebeldía de finales de década y seguramente la abstinencia impuesta por la última gran guerra borró muchas de las costumbres de urbanidad y corrección establecidas.
A muchas mujeres y hombres esta liberación les cogió con el paso cambiado. Entre ellos a mi abuela, quien nunca supo salir de casa sin un adecuado tocado, a pesar de su exuberante y larga cabellera debidamente recogida en un recatado moño hábilmente compuesto, prevaleciendo el pudor y la elegancia sobre la desenvuelta naturalidad y utilidad.
"Roger, mets ta casquette", oía cuando salía disparado para ver navegar los veleros en el estanque del jardín de Luxemburgo. Raro momento en que se me permitía soltar la mano de mi estricta abuela. En aquellos años cincuenta, en que el hábito del sombrero ya pertenecía solamente a la gente mayor y los grandes acontecimientos, mi abuela se sentía "¿disapointed?" por mi aversión a ponerme un gorro que me hacía sentir distinto a los demás chavales libres de un opresor adorno sin sentido alguno en los tiempos que corrían.
Durante mi vida mi absoluta prioridad ha sido sentir. Mas que ver, oler, tocar ni oír, a pesar de que la música ha sido siempre fundamental para sobrevivir, sentir ha sido mi necesidad vital. Creía conocer toda la gama de efectos de cualquier impronta, pero a estas alturas descubro que sentirse "disapointed" puede ser síntoma de estar superado por las circunstancias de la actualidad. Nunca he sabido si el mejor camino era pedir consejo a Horatio o hacer el amor a Ophelia...

sábado, 8 de julio de 2017

Las guerras nunca se ganan

Las guerras nunca se ganan, en mayor o menor medida, una guerra siempre se pierde. Con el tiempo acaba no siendo relevante ni la victoria ni la derrota. Tan solo permanece el nefasto recuerdo del conflicto con sus consecuencias funestas donde el rencor y el resentimiento imperan tanto en el bando formalmente vencedor como en el vencido, si ello llega a reconocerse como tal.

La humanidad debería recordar su historia y reconocer a los instigadores de los conflictos como los más deplorables ejemplares de su especie. Es siempre difícil explicar a un niño porqué cualquier lucha cruenta debe ser evitada a toda costa y que para ello el ser humano dispone de potentes armas como el razonamiento y la empatía. Educamos a nuestros adolescentes para que puedan defenderse en entornos hostiles, tememos que sean dominados, sometidos, aplastados por esta sociedad agresiva y violenta que nos rodea. Nos contradecimos de forma permanente exigiendo que prevalezcan los valores de una utópica comunidad humana y nos vemos obligados a combatir diariamente con pocos escrúpulos para preservar nuestro sistema, nuestra familia y, a veces, nuestro propio modo de vida.

Quizás la respuesta más difícil a un “porqué” extemporáneo y que nos coge siempre a contrapié, es explicar un acto de terror, el anulador fanatismo, la vacua explosión de odio y exasperación que rechaza todo argumento y anula toda expresión de afinidad y respeto al ser humano.

Cualquier creencia es considerable mientras no sea excluyente de otras creencias y respete al ser humano en su integridad física e intelectual. No me siento equidistante en estas y muchas otras cuestiones. La intolerancia extrema y la intransigencia derivadas naturales del fanatismo no deben ser aceptadas dentro de nuestra sociedad. Toda creencia que posicione su verdad por encima del respeto al discrepante, debe ser combatida como mal invasivo. Esta es la única guerra que debiera ser ganada.

Schopenhauer , en su libro "El arte de tener razón" cita 38 estrategias para convencer al adversario (y al público asistente) de forma fraudulenta. No son razonamientos, son estratagemas usadas habitualmente por políticos, populistas y demagogos. Son perfectamente reconocibles y no sirven para articular un argumentario basado en conceptos estructurados o irrefutables.

Abandonar nuestra capacidad de razonar de forma flexible e intentar explicar nuestro juicio buscando convencer y aprender al tiempo, es una muestra cobarde de nuestra inseguridad y evidencia falta de consideración por los demás. Zafarse de la controversia, ocultando la propia opinión y eludir el debate escatima reflexión y riqueza a nuestro entorno intelectual. En el fondo, tal postura esconde frecuentemente la vergonzosa y vergonzante esperanza de que otro imponga el criterio propio por cualquier medio, y así poderse arrebujar en el confort de un falso éxito.

Veo crecer la aversión por el diálogo en la controversia y temo que sea resultado de simple falta de argumentos y miedo de que aparezca la discusión y el altercado de la sinrazón. Confundir debate de ideas con disputa de la verdad es confundir adversario con enemigo.

A mi entender, el debate con argumentos ante adversarios de talla intelectual es cohesionador de grupos y sociedades. A falta de ello, se instala el hastío, sino la disputa y hasta el conflicto, el abuso y el despotismo. Somos responsables de lo que ocurra a, y en nuestra sociedad. Por ahora vamos camino de reducir nuestras capacidades a la adicción a la pantalla de nuestro móvil, que más aleja a los próximos que acerca a los distantes.