jueves, 23 de febrero de 2017

Etapa Cremada.

Pasará per vacances, quan la majoría de la gent, les institucions, els governants i el seny estiguin de festa i sigui l'hora que sigui es ferá de nit. Una selecta banda de trilers aseguts al voltant de la mesa del parlament català, treurán d'un calaix la nova legalitat i, fent trampa un cop més, llençarán l'antiga legalitat al destructor que va empassar-se en el seu día les auditades finances del Palau de la música. Amb aixó, ens llençarán al barranc del éxit impossible.
La vergonya no haurà estat la derrota del independentisme, el colapse del procés ni el fracàs del sobiranisme exaltat. La vergonya haurà estat el fanatisme, l'engany i la mentida dels polítics sectaris i oportunistes que no han estat a l'altura que el seu poble mereix.
Ningú s'ha de sentir vençut, humiliat ni derrotat. Qui ens han portat en aquest jardí han estat els qui ens han confós i menyspreat en benefici, no dels seus ideals, sinó dels seus foscos i inconfessables interessos personals i partidistes. Hem estat, uns i altres, víctimes d'un sistema que no podem seguir tolerant, a qui, per dignitat ens hem d'enfrontar.
Després d'aquesta infernal aventura propiciada per noms com Zapatero, Pujol, Mas, Rajoy, Puigdemont, Junqueres i tants altres, és l'hora de què els ciutadans ens tornem a unir enfront d'un sistema que sols ens ha aportat pobresa i confrontació. 
Ha estat una experiència especialment dolorosa pels qui han renunciat per un temps a pensar per si mateixos, fent confiança de bona fè als líders que reunien tantíssimes persones. Però també ha estat una etapa aburrida, incòmode i dolorosa, que ha mostrat amb massa feqüencia la feblesa dels lligams d'amistat i dins de les propies families que haurien de estar per sobre de les diferències d'opinió sobre entelèquies tant volubles. 

sábado, 4 de febrero de 2017

El matiz y el concepto

El matiz y el concepto


Escasean los matices. Los ahogamos en conceptos globales, lo cual mengua de forma relevante nuestra capacidad de análisis y juicio. Generalizamos muy a menudo por pereza, por hastío o por impotencia y conformismo. Hacemos caso a consignas y nos sometemos a corrientes con la simple motivación de mantenernos en un grupo que nos otorga la supuesta dignidad que ansiamos y tememos no merecer de forma individual. No es nuestra culpa. Nos han condicionado de tal manera que ha sido en la mayoría de casos cuestión de supervivencia. “Finesse et nuance” han sucumbido y cualquier cuadro pintado por nuestra sociedad será tan solo un garabato, un borrón pintarrajeado con la brocha gorda y chapucera de la consigna y el eslogan políticamente correcto o convenido por nuestro clan o el clan opuesto, cada vez más semejantes a simples bandas que perduran a base de simplificar su mensaje.
Estamos renunciando a nuestra capacidad individual de juicio en beneficio de la colectividad en la que pretendemos fusionarnos, mimetizarnos y, en ocasiones escondernos, en parte, con el vergonzoso y oculto pretexto de ahogar nuestra duda, disolver nuestro error y justificar cualquier decisión, diluir cualquier riesgo personal. Evitamos señalar. No por cortesía o civismo, sino por miedo a que nos corten el dedo o destaquemos como delatores de un interés que puede, a su vez, perjudicarnos, martirizarnos y hasta destruirnos. Nos hemos vuelto cobardes, deshonestos y pusilánimes. El buenismo y la memez imperantes son actitudes inducidas, reacciones de sumisión para dar lástima, parecer inofensivos y no ser objetivo de los ataques del colectivo circundante o del poder vigente o fáctico. Así veo desgraciadamente nuestra sociedad. No es nuestra culpa, es simple instinto de supervivencia.
¿Cuáles son nuestras referencias? ¿Cuáles son nuestras fuentes de información? Hay realidades que solo corresponden a un solo número, a un solo hecho. Pero jamás nos llegan en su escueta objetividad y valor. Nos filtran su validez, su importancia, su categoría, y nos imponen un determinado mérito o demérito y una presunta utilidad. Esto, cuando no nos ocultan simple y llanamente el suceso o se deforma de tal manera el contexto que distorsiona cualquier esencia de lo sucedido.
Ciertamente, un hecho, un valor, puede (y debe) ser analizado desde distintos puntos de vista. Pero se entra en otra dimensión del suceso y debe reconocerse como tal. Las opiniones pueden divergir en función de múltiples condicionantes, ideologías, ámbitos, culturas e intereses. No obstante, la esencia del hecho o del valor no debería ser suplantado jamás por la opinión que nos merece. Y esto es lo que hacen indefectiblemente los medios actuales de comunicación. Barajando distintos periódicos, tirando de hemeroteca y rebuscando documentos desclasificados, uno se da cuenta del evidente y monumental engaño que conforma el actual sistema de información pública y privada. El presente contexto y los acontecimientos de los últimos años certifican que las personas están desconectando de esta falsa realidad impuesta y su desafección hace fracasar hasta las más consolidadas y orquestadas predicciones. Con ello, el combate de los informadores con los creadores de opinión se ha convertido en la derrota de la ética y el triunfo de la influencia y el sectarismo. De tal manera que leer, escuchar o ver una misma noticia desvela de forma instantánea el medio que la divulga.
La pérdida de credibilidad de los medios, las instituciones y las propias administraciones está afectando profundamente las costumbres de las personas, que buscan por vías menos convencionales informarse de forma primaria. Codiciados por los poderes que han arruinado las fuentes habituales, las redes sociales y los mecanismos de comunicación multilateral, faltos del rigor que la profesionalidad debería proporcionar, suplen progresivamente los medios hasta ahora habituales. Del fuego a las brasas. Los “fakes”, “post-verdades” o sea, embustes, farsas, estafas y fraudes, invaden de forma masiva la red en la que pretendemos pescar certezas y que nos atrapa, convirtiendo el cazador en presa. Más que informar, nos quieren, no convencer, sino captar. ¡Y ya no son profesionales, somos nosotros mismos! Si no andamos con extremo cuidado y potenciamos la autocrítica, somos los peores voceros y serviles propagadores de los potentes manipuladores y creadores de opinión.
Como siempre, la evolución positiva de ésta y cualquier otra situación está en nosotros mismos. No como conjunto sino como individuos. Uno a uno y una a una. Sin ponerse de perfil ni endosar la responsabilidad a ningún colectivo que nos arrope. Debemos mirar a la cara a cada persona, despojarla en nuestra percepción de toda etiqueta, rechazar todo prejuicio y tener la valentía de recomenzar de cero con la información a nuestro alcance. Nuestra apreciación y valoración deben ser fundamentales. Cada persona es distinta a cualquier otra, y merece nuestra atención y respeto. Ello no debe impedir formarse un criterio propio en función de nuestras referencias, nuestras experiencias y nuestras reflexiones. En alguna ocasión nos engañarán, en otras nos equivocaremos y en toda circunstancia deberemos estar atentos y preparados para modificar o completar nuestra percepción y nuestro criterio. Según creo, es relevante esta valoración del individuo, ya que a través de otras personas conocemos los hechos. Pocos, poquísimos son los acontecimientos que presenciamos en primera persona. Una elevadísima proporción de lo que conforma nuestra realidad procede de personas, medios, instituciones y colectivos.
A mi entender, la base es la persona. Probablemente no sea frecuente que la primera fuente de información sea una persona directamente conocida. Pero la verificación de los hechos, la conformación de nuestra verdad, la configuración de lo ocurrido tanto conceptualmente como con sus matices, debe imperativamente contener elementos confirmados por algo o alguien de confianza. La certidumbre sobre el hecho debe relativizarse en función de su procedencia y su grado de comprobación. La gradación de la cualidad o acción debe ser fijada sin complejos ni tópicos. Toda violencia es execrable. Pero habrá violencia peor que otra y debemos tener la valentía de valorar, juzgar y en su caso, expresar nuestro criterio razonado.
A partir de ahí uno puede tomar partido o no. Opinar en un sentido u otro y actuar en consecuencia. Nada ni nadie salvo nosotros mismos puede decidir. Dejar que lo haga cualquier otro, sea persona, colectivo o convención es una manera de engañarse a sí mismo; es una práctica que, por habitual, no deja de ser deshonesta. Renunciar a esta capacidad individual agravia nuestra condición de seres humanos. Seguir a ojos cerrados la postura de cualquier colectivo adormece tanto nuestra conciencia como nuestro sentido crítico.

Lo escrito, claro está, es tan solo mi opinión. Una reflexión sobre mi aversión a la generalización, las modas, las convenciones y todas aquellas componendas que conforman los invariables tópicos tanto políticamente correctos como basados en simplezas onomatopéyicas.