jueves, 14 de noviembre de 2013

Carta abierta: Honorable President Jordi Pujol.

Hoy aparece publicado un artículo de opinión firmado por el ex presidente de Catalunya Jordi Pujol, sobre cómo queremos que sea nuestro país en el futuro.

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Es un escrito con cierta profundidad y de fuerte carácter político pero procediendo de quien procede, se me antoja más una provocación que una sincera reflexión. Con mi respeto por delante y reconociendo la capacidad intelectual así como el bagaje cultural del Molt Honorable, debo protestar.

Para partir de un punto histórico, irrefutable y de común acuerdo,  Catalunya nunca ha sido un estado, nunca ha sido independiente y es una entidad territorial cuya identidad se forma en base a descripciones populares previas a las influencias eruditas a partir del siglo XII.  Como entidad política, el territorio, conjunto de condados patrimonio de la corona de Aragón desde la Edad Media, recibió el nombre de Principado de Catalunya en el siglo XIV en base a uniones matrimoniales y dinásticas. Por lo tanto el nacimiento del concepto social de Catalunya debió aparecer durante este proceso que abarca los siglos XII y XIII. El concepto Social es un sentimiento de pertenencia ligado a un territorio y unos usos y costumbres comunes, entre los cuales está el idioma ordinario. Desde entonces, los Catalanes sabemos lo que queremos ser. Otra cosa han sido y son los deseos de las castas dominantes.

El escrito del ex presidente reitera la fórmula de la pregunta retórica para pasar luego a dar las directrices que condicionan cualquier respuesta. Nos pregunta y se responde. Ya basta de trampas y manipulaciones. Ya basta de explotar este sentimiento que nos hace a todos catalanes, con la pérfida intención de anular al individuo y diluir su pensamiento y voluntad en un marasmo de tópicos y supuestas mayorías  democráticas.

Hay unos siete millones y medio de respuestas a su pregunta. Y no todas ellas son respuestas simples de un solo renglón ni todas ellas están engendradas desde un mismo punto de partida ni en el mismo idioma. Pero todas ellas tienen un punto común. Los políticos deben tener la capacidad de interpretar y ser los gestores de que dichas voluntades sean lo más eficientemente satisfechas. ¿Cree que será suficiente con un simple pentálogo para que sigamos en fila india y no nos desviemos? No les votamos para que determinen a su antojo el camino a seguir en cada momento, sino para que gestionen y conduzcan el País por donde el individuo pueda ser más feliz y sufra menos las adversidades naturales y la maldad humana.

Usted emite una lista de cinco condiciones políticamente correctas para salvaguardar el orden establecido y mantener las actuales castas dominantes en el poder. Usted mismo reconoce que Catalunya ha avanzado en esta dirección durante los últimos treinta o cuarenta años. Pues para este viaje no era menester tanta alforja. El individuo no es más feliz ni se siente más realizado que antes de emprender la aventura en la que nos embarcaron ustedes, los políticos. Hemos vivido espejismos que nos han hecho creer por instantes que el periplo y el esfuerzo merecían la pena. Son ustedes unos magníficos trileros. Juegan con la sociedad como los hechiceros lo hacían con la tribu. Pero todo indica que estamos hartos; que la desafección y el desencanto han llegado para anidar en nuestra generación y permanecer en las venideras.

Deben ustedes cambiar; deben cambiar el sistema. Y para ello deben romper de forma valiente con los procesos viciados, las instituciones caducas y establecer un nuevo conjunto de ideas y conductas cuya finalidad sea la felicidad de los administrados. Y deben hacerlo antes de que el propio pueblo se lo exija por las malas. El pueblo es un poder telúrico, temible en sus manifestaciones explosivas que son generalmente reconducidas mediante el uso de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. Solo que, de vez en cuando, en función del agotamiento social y la desesperanza, fragua un movimiento caótico que pone en jaque la esencia misma del estado con  procesos cruentos y de dudoso éxito ya que solo producen a la larga, un cambio de familias en las castas dominantes.
Insistentemente, encarecidamente, les estamos pidiendo que cambien el sistema. ¿No oyen a la mayoría silenciosa? ¿No la escuchan? ¿No les importa? Está cambiando el tono y algunos ya lo estamos exigiendo.

¿Cómo queremos que sea Catalunya? No es esta la cuestión. En este sentido, Catalunya es su razón de ser, su modus vivendi. No se trata de un concepto político, ni territorial, ni tan siquiera social. Se han olvidado ustedes del individuo. Lo importante es cómo queremos ser los Catalanes, como los Ubetenses, Provenzales, Valones o Flamencos. Queremos ser felices, President. Interpretarlo y gestionarlo es complejo y exigente. Pero quien no se atreva con ello que no se meta en política.

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