sábado, 25 de noviembre de 2017

SOMIATRUITES

En Catalunya somos por lo general, un poco “somiatruites” y a veces dejamos que nuestros sentimientos dobleguen la razón y caemos en la credulidad. Pero nuestro “seny” ha evitado habitualmente que nos volvamos papanatas de solemnidad por un tiempo demasiado prolongado. No obstante, hay ocasiones en que el pueblo Catalán se suelta el moño y libera la “rauxa”. Entonces cualquier cosa puede ocurrir. Si se nos empuja, de papanatas podemos pasar a obcecados y acabamos pareciendo fanáticos y sectarios.

Hablo de cuando durante unas cortas vacaciones trimestrales pasadas en casa de mi abuela paterna, un desfile militar, visto desde el balcón de la Diagonal, era un espectáculo fenomenal a los ojos de un chaval de corta edad. La Diagonal, desde Calvo Sotelo a los “encants” (hoy plaza de les glories -en obras permanentes-), acogía una ingente multitud. Eso de las multitudes no es nada nuevo para quien ha vivido los años suficientes. Al paso de unos coches negros (que aquí se llamaban “aïgues”), mucha, muchísima gente levantaba el brazo derecho. “Pourquoi ils lèvent la main comme les boches, mémé?” Las preguntas a mi abuela las contestaba habitualmente mi abuelo. “Aquets fà dos dies alçaven l’altre braç i tancaven el puny. La gent és arribista i s’ha fanatitzat.”, respondía mi abuelo. Mi abuelo estaba abatido y triste.


El “era” la gauche divine de sus tiempos. Amigo de Rusiñol y José Luis de Vilallonga, adicto a Unamuno, Valle-Inclán, Pio Baroja, Machado y Azorín, mi abuelo, anticlerical y defensor del modernismo y la república, vivía intensamente sus paradojas intelectuales pero se veía superado por aquella realidad. Un colosal gentío presente en toda la longitud de la entonces Avenida del General Franco había sido abducido por un hechizo incompresible. Eran Catalanes, era su gente, era inaceptable e injustificable; insoportable para mi abuelo.


Mi abuela materna, Esther Antich Sarriol, sentenciada a muerte por los vencedores en España y exiliada en Francia, le mandaba cartas de consuelo y esperanza. Luchó cuanto pudo, pero fue demasiado largo, demasiado duro y a mi abuelo se le escapó la vida mucho antes que al odiado dictador.


La realidad es la que es. Uno puede negarla, mentir sobre ella, tratar de ocultarla, enmascararla por los medios más imaginativos y finalmente la “gente” puede ser engañada durante un tiempo. Engañar quiere decir hacer aflorar sentimientos impostados que no responden a la realidad sino a la falsa imagen concebida a partir de la mentira y la propaganda.


Lo malo es que la realidad no se entera de todo eso y sigue siendo lo que es.

Lo peor de una realidad, sea territorial, social o política es que esté inserta en un entorno que no permita su adecuación al paso de los tiempos. Deben existir en cualquier entorno social, medios y caminos que permitan mudar, enmendar y transformar cualquier realidad.

Si las vías de cambio y enmienda existen, no son válidos atajos fuera del entorno que las habilita y permite. Lo contrario es desleal y deshonesto. Lo que era válido en la lucha de mi abuelo no lo es hoy en día, por mucho que la matraca propagandística quiera confundir los tiempos pasados con los presentes. La realidad no es la misma.


Creo que no es malo, incluso bueno ser un poco “somiatruites”. Soñar permite construir realidades virtuales por las que luchar y finalmente transformar legítimamente nuestro entorno. Lo malo es que acabemos siendo crédulos hasta el papanatismo y luego, ya cruzado el horizonte de la racionalidad, obcecados, nos arrojemos al irreflexivo fanatismo, siempre insensato.


martes, 21 de noviembre de 2017

Infinito o ilimitado.

Infinito no es lo mismo que ilimitado, aunque está por demostrar que esto afecte nuestra pequeña vida.
Infinitas deben ser las posibles maneras de ser de una persona pero cada una lo es de una sola.
Somos seres únicos cada uno de nosotros. Cada humano se limita a una manera de ser con sus condicionantes, su consciencia, su personalidad propia, única e irrepetible. Nos limitamos a lo que somos.
Algunos límites son inherentes a nuestra propia naturaleza y nuestro entorno físico, otros nos son impuestos por nuestro ámbito cultural y legal y otros más nos los auto-imponemos por educación y un conjunto de convicciones mas o menos íntimas, tal vez difusamente genéticas, tal vez adquiridas. Hablo de convicciones. No de modas, ni conveniencias ni aquello que social o políticamente se considera mas o menos correcto en un lugar y momento dado. A pesar de las vivencias que acumula la edad  y que nos fuerzan a matizar nuestro comportamiento, algunas de estas convicciones deben anidar muy profundamente en nuestro ser. Es raro que dichas modificaciones sean sustanciales salvo en caso de grave conflicto o enajenación (más frecuente de lo que es admitido).
Todos nosotros somos capaces de traicionar en alguna ocasión alguno de nuestros principios. Dante Alighieri destacó la traición como el más común de los pecados y William Shakespeare la elevó a género dramático. 
No obstante, no es habitualmente una traición frontal; es mas bien un rodeo, un quiebro casi a contra voluntad. Deben existir poderosas razones para ello e incluso así nos hace sufrir salir de nuestro entorno de referencia, de nuestra zona de confort, y buscamos enérgicamente volver a él de forma vital.


Nos sentimos vulnerables e indefensos ante personas que no participan de nuestra escala de valores ni comparten nuestros principios mas esenciales, nuestras referencias naturales. De ahí muchos de los conflictos de la humanidad.


El único límite para el conflicto es la simple concurrencia un mismo lugar y tiempo, de dos personas o más. Supongo que los seres humanos que han sobrevivido a la tendencia al enfrentamiento, son aquellos dotados de mayor espíritu gregario, capaces de aceptar cierto grado de diferencia en ideas e iniciativas con los pertenecientes al grupo que consideran propio.


A medida que la tecnología ha ido proporcionando medios de movilidad y comunicación, se han extendido los conflictos pero también han crecido los grupos que identifican grandes masas de gente con parámetros de referencia comunes.
Poco o nada han disminuido los conflictos desde el ámbito más íntimo de la persona (dentro de la propia familia) a su entorno vecinal y regional. En los escenarios de confrontaciones globales, sus nefastas consecuencias no han cesado de aumentar sobre cada vez mayor número de personas. Tanto entre los implicados directamente en la lucha como en lo que se ha venido a llamar víctimas colaterales.

No todas las disputas tienen origen realmente ideológico. Bien al contrario son las menos sino ninguna. La ideología y la religión son los disfraces preferidos por los mas oscuros y aborrecibles intereses de pequeños grupos que tienen, porque se la arrogan, el poder de movilización de aquellos que, debidamente manipulados, adiestrados y aleccionados, se batirán en nombre de la supuesta  infinita razón que les asiste.

No obstante, la humanidad, como el tiempo, no será infinita. Ni tan siquiera ilimitada. La propia vida formulará otras propuestas y unas especies sucumbirán como siempre ha sido, en beneficio de otras que tendrán su oportunidad de considerarse por un tiempo, eternas.
¡Ja!

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Escucho.


Escucho... Si no se entienden sus palabras, menos entenderemos sus silencios.
Si no entendemos a la persona, menos entendemos a la gente.
Esta sociedad está para un tratamiento psiquiátrico global. La sociología ha sido desbordada y no tenemos amparo en ningún ámbito de razón.
Dicen... Ahora dicen que no era real, ni tan siquiera virtual, que fue un quiero y no puedo, que no eran verdades sino post-verdades, o sea mentiras, embustes y fábulas.
Dicen... Ahora dicen que la preparación no estaba preparada. De lo que dicen solo entiendo el desprecio a la verdad, la altivez, la altanería, la soberbia, la arrogancia y el menosprecio al crédulo gentío que hoy debería reconocer y asumir su parte de responsabilidad moral por cándido, incauto e ingenuo.
Renunciar a razonar debe tener su precio. Algo debemos saldar en nosotros mismos por desistir del sublime don que nos es dado. Algo han puesto en el agua que bebemos en el aire que respiramos y nuestra mente ha enfermado.
Corren tiempos de empecinamiento y vergüenza ajena. El "mantenella y no enmendalla" por pura cerrazón, por simple chaladura que pretende esconder la humillación sufrida. Soplan vientos de locura queriendo inducir al suicidio colectivo. Hemos perdido la confianza, la serenidad, parte de nuestra alegría. Hemos dañado la amistad, la economía, la convivencia y el marco que con tanto esfuerzo logramos levantar.
Me voy por lo "segao" que el resto son zarzas y maleza, bosque y malas hierbas.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Presos Políticos Presos.

A mi entender, un político preso no es un preso político. Un político preso es un político imputado o sentenciado que han preso por saltarse la ley, repetida y voluntariamente. En otros tiempos, he visto presos por lo que pensaban. Era en otras épocas que no son las actuales. Yo sí lo he visto. Muchos de los que ahora se exaltan no lo han visto, y espero que nunca lo lleguen a ver.
Nuestro código penal es, hoy en día, homologable a cualquiera de los países europeos. Ahí radica la diferencia. Quien no lo ve, no lo quiere ver.
Hoy, creo que los que van a la cárcel nunca es por lo que piensan, sino por lo que hacen saltándose la ley. O sea, son delincuentes, investigados o sentenciados. Civiles, políticos, militares o monjes tibetanos; si van a la cárcel son muy probablemente delincuentes. Si la prisión decretada es provisional, durante la instrucción, es básicamente para evitar la reiteración delictiva, prevenir la huida o la destrucción de pruebas.
Por cierto, cabe destacar que hay mucho delincuente fuera de la cárcel, y no al revés. Pero no confundamos los términos; una cosa no invalida la otra. Me he visto durante demasiado tiempo siguiendo costosamente las normas y las leyes, mientras otros se saltaban leyes propias y ajenas, el Estatut y la Constitución. ¿Qué País nos queremos dar?
Me asusta el sentimiento supremacista venga de donde venga.
Nos hemos puesto a pintar con la brocha gorda y eso no es bueno...
Si queréis, mañana me río. Hoy no.

martes, 24 de octubre de 2017

Alucinando (sin hache)

Alucinando (sin hache)

No pretendo dar ni quitar razones para el desencuentro. El conflicto viene de largo y cada uno tendrá su juicio sobre sus causas y, en su caso, justificación. De todo este embrollo, lo más grave es sin duda la fractura que se ha generado en un mismo pueblo, quebrando convivencia, amistades y familias. El manifiesto empobrecimiento del país no hará más que profundizar la herida social que tardará años, si no generaciones en desaparecer.

Mi reflexión es sobre el procedimiento, la manera de hacer las cosas. No se ha evitado ninguna bajeza moral ni retórica demagógica con el fin de explotar la ingenuidad de una parte de la sociedad arropando una difusa identidad en un excesivo número de banderas.

Personalmente aborrezco los nacionalismos de cualquier tipo, grado y escala sin que ello inhiba mi sentimiento de pertenencia al grupo ni al lugar. Los nacionalismos, como las religiones, no precisan de razones para fundamentarse ni para establecer el peligroso sentimiento supremacista.


Me siento catalán. Nací en Catalunya y vivo en un pueblo de la provincia de Barcelona. Me siento barcelonés. Habito Catalunya que es una de las principales regiones autonómicas de España. Me siento español. Me siento europeo y, sobre todo ciudadano del mundo, que quisiera más justo, más nivelado, más equilibrado y sobre todo más feliz.

Para ser totalmente sincero, también me siento francés por linaje y educación, por haber vivido infancia y adolescència en el país de los Galos. También acabo sintiéndome un poco de cada uno de los países que visito, si estoy el suficiente tiempo para sentir la vida y amar. Por encima de todo, soy y me siento de mi casa. Un lugar donde se habla varios idiomas de forma habitual e indiscriminada. Se habla, se debate, se discute incluso. Pero sobre todo se argumenta, se negocia y se pacta sin renunciar, sin ganar ni perder, sin humillar.

Yo creía que es lo “normal” entre nosotros. No la norma, sino lo habitual en nuestro país, Catalunya. Heredamos el "seny" de nuestros mayores, nuestros ancestros, debería anidar en nuestros genes. Nuestras costumbres nos empujan a dialogar, argumentar, pactar. Hemos sido comerciantes, trabajadores convencidos, fajadores en la adversidad, flexibles buscando el trato y pacientes aceptando el arreglo. Ello no nos hace menos valientes ni nos desmerece en manera alguna, a mi entender. El carácter catalán nos permite callar sin otorgar y sin por ello renunciar, pensar sin vociferar y sin por ello claudicar, ser dúctil sin ser blando, sabemos dudar, enjuiciar y resolver sin imponer, sin humillar.

O por lo menos así era en su gran mayoría la gente que hoy me sorprende, conversa a una nueva tendencia casi una nueva religión, y se ha adherido a propiedades características de otras regiones, otros tiempos y otras latitudes.

Por ejemplo, el “mantenella y no enmendalla” en las antípodas de nuestra esencia tradicional, se ha convertido en fundamental para sustentar una posición enconada sin suficientes argumentos para convencer, sin datos objetivos para persuadir ni resultado alguno demostrando su bondad.

De otros tiempos, con un relente sin duda escalofriante, el uso de propaganda machacona hasta la saciedad con la exageración y el embuste mil veces repetido que debe convertirse en verdad dogmática.

También creía de otros tiempos el estigma, el escarnio y la deshonra del disconforme, el apabullante vocerío persecutorio de la masa exaltada cuyo número se interpreta como razón. Por unos y otros. Sin distinción de bando. El acoso es y debe ser delito y es una actitud altamente reprobable, y no solo en el aspecto sexual.

De otras tierras, otras latitudes, el uso masivo del ardid, el disimulo, el fingimiento y la farsa como estrategia aplaudida por una enardecida y entregada parroquia cuya justificación es la simple consecución del fin a costa de cualquier bajeza. 

La imposición del corto plazo, el sectarismo y la exaltación de los sentimientos irracionales en detrimento de la estrategia del largo plazo en favor del bien común de la gente, lo cual siempre ofrece  resultados lamentables.

No reconozco esta manera de ser en nuestras costumbres.  La falta de honradez, lealtad y diálogo no puede tener buen fin. La delirante alimentación del mito con el único motivo de adentrarse en la fantasía sin realidad alguna que la sustente, sin recursos, sin estructuras y sin capacidad ni reconocimiento, es evidente que ningún escenario objetivo puede ser alcanzado. Lo sufriremos todos.

La aventura dejará una multitud (la supuesta mayoría) huérfana de ilusión, carente de líderes y profundamente frustrada. No es un marco que invite a la reflexión. La inercia del proceso profusamente potenciado por un relato heroico y una feroz propaganda aumentará el tiempo de vuelta a la racionalidad. Las inevitables elecciones catalanas tendrán el efecto de una ola rompiendo contra un acantilado donde el desconcierto y los sentimientos heridos prevalecerán.

Jugar a la política, jugar con la gente con el fin por delante de la ética, la lealtad y la honestidad es ruin y abyecto. Antes, ahora y siempre.

La épica de la rebeldía y la ilegalidad no cabe en mandato democrático alguno. La desconexión con la realidad a lomos de una crédula muchedumbre engañada que confía en una mejora de su vida cotidiana, no es de recibo por parte de quien ha sido elegido para administrar y gobernar en beneficio de todos los electores.

Lo que más me preocupa y hasta me asusta, es el retorno de la "supremacía de raza". Se ha pasado del buenismo memo al desprecio sin argumento alguno a todo aquello que no está tocado por la luz y la verdad únicas, oficialmente validadas. El desdén y la burla estúpida ante hechos de calado e importancia con el simple fin de esquivar cualquier razonamiento se impone con una grotesca altivez que menosprecia una procedencia foránea o una disidencia explícita.

La burla final en busca de una falsa clandestinidad que precisa  complicidades imposibles, denotará hasta qué punto el ficticio mundo virtual e imaginario construido a base de embustes, engaños y falsedades ha calado en los propios protagonistas de una prolongada y costosa mascarada.

Nada de todo ello nos inmuniza ni nos exime del síndrome de repetición. Dado el alto nivel de propaganda y manipulada desinformación, nuestro pueblo puede verse castigado como Sísifo, el rey de Éfira a repetir la pesadilla una y otra vez.

No me reconozco. Alucino (sin hache). 24/10/2017

lunes, 25 de septiembre de 2017

Buscando un Buzón

" Vuela esta canción para ti, Lucia 
 la más bella historia de amor 
 que tuve y tendré,
 es una carta de amor 
 que se lleva el viento pintado en mi voz 
 a ninguna parte a ningún buzón. 
No hay nada más bello que lo que nunca he tenido 
nada más amado que lo que perdí ..."

Quizás la mas bella lírica cantada por el ilustre Serrat, del tema Lucía, incluido en su álbum "Mediterráneo".

Vienen malos tiempos y me dirijo a mis refugios predilectos. El silencio, la música, momentos de soledad y de reflexión. Aún en las obras más conocidas descubres algún nuevo matiz, una pincelada anteriormente inapreciada que hace aflorar un nuevo sentido a una nota, a una frase.

"No hay nada mas bello que lo que nunca he tenido". La irracionalidad del sentimiento le da un peso emocional extraordinario. La inconcreción del objeto del deseo hace de la afirmación una inquietante duda.

Solo los amores inconclusos son amores eternos.

martes, 18 de julio de 2017

Disapointed

Nunca me he sentido cómodo hablando Inglés. Por trabajo, para poderme comunicar, para poder expresar en público y ser entendido, no he tenido mas remedio que hablar en este idioma que se ha impuesto en todos los países de habla no inglesa (todos los europeos dentro de poco) que yo llamo "spichinglish" o "cross language". Es ese idioma de vocabulario reducido que permite comunicarse mejor a un español con un polaco, un alemán o un danés, que con un inglés o un americano. Ni Shakespeare ni Ernest Hemingway hubieran podido crear sus obras maestras con tan magro léxico.
Acabo de descubrir uno de los errores que he cometido durante los últimos 60 años. Para decir extrañado, sorprendido, asombrado, chocado; en definitiva, desconcertado, yo siempre he dicho "disapointed". Hoy me siento "disapointed" y me han revelado que eso significa decepcionado, defraudado, perdido. Bueno... tal vez.
Durante los años 30, nadie salía de casa sin un adorable y decoroso sombrero. Ni hombres ni mujeres que tuvieran a bien mostrar un mínimo estatus social mostraban su pelo (o su calva) sin estar cubiertos por un casto techo. La rebeldía de finales de década y seguramente la abstinencia impuesta por la última gran guerra borró muchas de las costumbres de urbanidad y corrección establecidas.
A muchas mujeres y hombres esta liberación les cogió con el paso cambiado. Entre ellos a mi abuela, quien nunca supo salir de casa sin un adecuado tocado, a pesar de su exuberante y larga cabellera debidamente recogida en un recatado moño hábilmente compuesto, prevaleciendo el pudor y la elegancia sobre la desenvuelta naturalidad y utilidad.
"Roger, mets ta casquette", oía cuando salía disparado para ver navegar los veleros en el estanque del jardín de Luxemburgo. Raro momento en que se me permitía soltar la mano de mi estricta abuela. En aquellos años cincuenta, en que el hábito del sombrero ya pertenecía solamente a la gente mayor y los grandes acontecimientos, mi abuela se sentía "¿disapointed?" por mi aversión a ponerme un gorro que me hacía sentir distinto a los demás chavales libres de un opresor adorno sin sentido alguno en los tiempos que corrían.
Durante mi vida mi absoluta prioridad ha sido sentir. Mas que ver, oler, tocar ni oír, a pesar de que la música ha sido siempre fundamental para sobrevivir, sentir ha sido mi necesidad vital. Creía conocer toda la gama de efectos de cualquier impronta, pero a estas alturas descubro que sentirse "disapointed" puede ser síntoma de estar superado por las circunstancias de la actualidad. Nunca he sabido si el mejor camino era pedir consejo a Horatio o hacer el amor a Ophelia...

sábado, 8 de julio de 2017

Las guerras nunca se ganan

Las guerras nunca se ganan, en mayor o menor medida, una guerra siempre se pierde. Con el tiempo acaba no siendo relevante ni la victoria ni la derrota. Tan solo permanece el nefasto recuerdo del conflicto con sus consecuencias funestas donde el rencor y el resentimiento imperan tanto en el bando formalmente vencedor como en el vencido, si ello llega a reconocerse como tal.

La humanidad debería recordar su historia y reconocer a los instigadores de los conflictos como los más deplorables ejemplares de su especie. Es siempre difícil explicar a un niño porqué cualquier lucha cruenta debe ser evitada a toda costa y que para ello el ser humano dispone de potentes armas como el razonamiento y la empatía. Educamos a nuestros adolescentes para que puedan defenderse en entornos hostiles, tememos que sean dominados, sometidos, aplastados por esta sociedad agresiva y violenta que nos rodea. Nos contradecimos de forma permanente exigiendo que prevalezcan los valores de una utópica comunidad humana y nos vemos obligados a combatir diariamente con pocos escrúpulos para preservar nuestro sistema, nuestra familia y, a veces, nuestro propio modo de vida.

Quizás la respuesta más difícil a un “porqué” extemporáneo y que nos coge siempre a contrapié, es explicar un acto de terror, el anulador fanatismo, la vacua explosión de odio y exasperación que rechaza todo argumento y anula toda expresión de afinidad y respeto al ser humano.

Cualquier creencia es considerable mientras no sea excluyente de otras creencias y respete al ser humano en su integridad física e intelectual. No me siento equidistante en estas y muchas otras cuestiones. La intolerancia extrema y la intransigencia derivadas naturales del fanatismo no deben ser aceptadas dentro de nuestra sociedad. Toda creencia que posicione su verdad por encima del respeto al discrepante, debe ser combatida como mal invasivo. Esta es la única guerra que debiera ser ganada.

Schopenhauer , en su libro "El arte de tener razón" cita 38 estrategias para convencer al adversario (y al público asistente) de forma fraudulenta. No son razonamientos, son estratagemas usadas habitualmente por políticos, populistas y demagogos. Son perfectamente reconocibles y no sirven para articular un argumentario basado en conceptos estructurados o irrefutables.

Abandonar nuestra capacidad de razonar de forma flexible e intentar explicar nuestro juicio buscando convencer y aprender al tiempo, es una muestra cobarde de nuestra inseguridad y evidencia falta de consideración por los demás. Zafarse de la controversia, ocultando la propia opinión y eludir el debate escatima reflexión y riqueza a nuestro entorno intelectual. En el fondo, tal postura esconde frecuentemente la vergonzosa y vergonzante esperanza de que otro imponga el criterio propio por cualquier medio, y así poderse arrebujar en el confort de un falso éxito.

Veo crecer la aversión por el diálogo en la controversia y temo que sea resultado de simple falta de argumentos y miedo de que aparezca la discusión y el altercado de la sinrazón. Confundir debate de ideas con disputa de la verdad es confundir adversario con enemigo.

A mi entender, el debate con argumentos ante adversarios de talla intelectual es cohesionador de grupos y sociedades. A falta de ello, se instala el hastío, sino la disputa y hasta el conflicto, el abuso y el despotismo. Somos responsables de lo que ocurra a, y en nuestra sociedad. Por ahora vamos camino de reducir nuestras capacidades a la adicción a la pantalla de nuestro móvil, que más aleja a los próximos que acerca a los distantes.

miércoles, 21 de junio de 2017

Checklist pre-vuelo

Para un piloto de vuelo, es vital llenar el saco de la experiencia antes de agotar el de la fortuna y mantener una reserva de buena suerte para los imprevistos. La planificación forma parte del viaje y la evaluación de cada fase antes de pasar a la siguiente requiere una alta dosis de ponderación, sensatez y conocimientos.

Creo que un chequeo pre-vuelo debe priorizar la calidad a la cantidad. No obstante, los chequeos son largas listas de muchos items organizados en secciones concretas y en un orden preciso. Para hacer menos tediosa esta parte del viaje (que se realiza en gran parte en tierra) he intentado eliminar algún punto de revisión en varias ocasiones. Pero al repasar el procedimiento he debido reinsertar el punto para restaurar el nivel de seguridad (único objeto de la lista). Por tanto, la cantidad de pasos a ejecutar no se puede menguar. Hay mucho que verificar y todos y cada uno de los items son importantes.

En cuanto a la calidad, es imprescindible tener a mano la lista por escrito y poder verificar que no nos hemos saltado ningún paso en el orden en que debe ser realizado. Es esencial realizar el proceso con concentración y sin prisas. Una distracción o una excesiva urgencia pueden desencadenar en otro momento del viaje un auténtico desastre. Finalmente, es preceptivo entender el motivo por el cual se efectúa cada una de las comprobaciones. Accionar un interruptor y ver como resultado encenderse una luz, genera el repaso mental de un complejo esquema donde intervienen decenas de elementos que pueden ser vitales (cada uno de ellos) en un momento determinado de las posteriores fases del vuelo.

Cualquier imprevisto en las subsiguientes fases del viaje (especialmente de la carrera de despegue a la toma) puede crear una situación de emergencia y es fundamental contar con sistemas previamente verificados sobre los que descansará la resolución del evento.
Los imprevistos forman parte de la vida diaria, de la propia naturaleza tanto física como humana. Es principal salir cada día de casa con el chequeo bien hecho y con el mejor equipaje físico e intelectual posible para poder afrontar con éxito los imprevistos que nos asalten.

Cuando uno emprende el vuelo, debe contar imperativamente con un pronóstico suficiente, claro y predecible de posibilidades de éxito. Máxime si se embarcan vidas a bordo. Considero una auténtica fechoría enfocarlo de otra manera. El responsable de la decisión de acometer el vuelo es el comandante. La tripulación y menos el pasaje puede arrogarse tal iniciativa ni responsabilidad. Un vuelo no es una intrepidez, una osadía, una audacia ni un juego. 

Si embarcarse en uno de los más de 100.000 vuelos diarios merece tal riguroso proceso, qué no va a precisar una aventura de alto riesgo, sin precedentes y que involucra no a una ni quinientas vidas (como puede ser el caso de un avión), sino a siete millones y medio de personas, la mitad o más, sin haber comprado pasaje.

Esta es otra de las razones por las cuales no voy a embarcar en tu vuelo, honorable Carlos. Juzgo insuficientes tanto las razones para emprender el vuelo como la planificación, los chequeos, la definición de ruta, los datos aportados y la solvencia y preparación de la tripulación. El pronóstico está lejos de ser favorable. Enunciar un destino no es suficiente para asegurar con mínimas garantías de éxito el resultado del viaje. Además, nos advierten desde el resto del mundo, sobre una nefasta previsión meteorológica con una pertinaz sequía a partir del próximo otoño.

Esta vez prefiero quedarme en tierra. En palabras de un excelso instructor de vuelo con quien tuve el honor de volar y formarme como piloto y como persona, "... por muy tedioso que sea, es mejor estar en tierra queriendo volar, que volar queriendo estar en tierra".

jueves, 23 de febrero de 2017

Etapa Cremada.

Pasará per vacances, quan la majoría de la gent, les institucions, els governants i el seny estiguin de festa i sigui l'hora que sigui es ferá de nit. Una selecta banda de trilers aseguts al voltant de la mesa del parlament català, treurán d'un calaix la nova legalitat i, fent trampa un cop més, llençarán l'antiga legalitat al destructor que va empassar-se en el seu día les auditades finances del Palau de la música. Amb aixó, ens llençarán al barranc del éxit impossible.
La vergonya no haurà estat la derrota del independentisme, el colapse del procés ni el fracàs del sobiranisme exaltat. La vergonya haurà estat el fanatisme, l'engany i la mentida dels polítics sectaris i oportunistes que no han estat a l'altura que el seu poble mereix.
Ningú s'ha de sentir vençut, humiliat ni derrotat. Qui ens han portat en aquest jardí han estat els qui ens han confós i menyspreat en benefici, no dels seus ideals, sinó dels seus foscos i inconfessables interessos personals i partidistes. Hem estat, uns i altres, víctimes d'un sistema que no podem seguir tolerant, a qui, per dignitat ens hem d'enfrontar.
Després d'aquesta infernal aventura propiciada per noms com Zapatero, Pujol, Mas, Rajoy, Puigdemont, Junqueres i tants altres, és l'hora de què els ciutadans ens tornem a unir enfront d'un sistema que sols ens ha aportat pobresa i confrontació. 
Ha estat una experiència especialment dolorosa pels qui han renunciat per un temps a pensar per si mateixos, fent confiança de bona fè als líders que reunien tantíssimes persones. Però també ha estat una etapa aburrida, incòmode i dolorosa, que ha mostrat amb massa feqüencia la feblesa dels lligams d'amistat i dins de les propies families que haurien de estar per sobre de les diferències d'opinió sobre entelèquies tant volubles. 

sábado, 4 de febrero de 2017

El matiz y el concepto

El matiz y el concepto


Escasean los matices. Los ahogamos en conceptos globales, lo cual mengua de forma relevante nuestra capacidad de análisis y juicio. Generalizamos muy a menudo por pereza, por hastío o por impotencia y conformismo. Hacemos caso a consignas y nos sometemos a corrientes con la simple motivación de mantenernos en un grupo que nos otorga la supuesta dignidad que ansiamos y tememos no merecer de forma individual. No es nuestra culpa. Nos han condicionado de tal manera que ha sido en la mayoría de casos cuestión de supervivencia. “Finesse et nuance” han sucumbido y cualquier cuadro pintado por nuestra sociedad será tan solo un garabato, un borrón pintarrajeado con la brocha gorda y chapucera de la consigna y el eslogan políticamente correcto o convenido por nuestro clan o el clan opuesto, cada vez más semejantes a simples bandas que perduran a base de simplificar su mensaje.
Estamos renunciando a nuestra capacidad individual de juicio en beneficio de la colectividad en la que pretendemos fusionarnos, mimetizarnos y, en ocasiones escondernos, en parte, con el vergonzoso y oculto pretexto de ahogar nuestra duda, disolver nuestro error y justificar cualquier decisión, diluir cualquier riesgo personal. Evitamos señalar. No por cortesía o civismo, sino por miedo a que nos corten el dedo o destaquemos como delatores de un interés que puede, a su vez, perjudicarnos, martirizarnos y hasta destruirnos. Nos hemos vuelto cobardes, deshonestos y pusilánimes. El buenismo y la memez imperantes son actitudes inducidas, reacciones de sumisión para dar lástima, parecer inofensivos y no ser objetivo de los ataques del colectivo circundante o del poder vigente o fáctico. Así veo desgraciadamente nuestra sociedad. No es nuestra culpa, es simple instinto de supervivencia.
¿Cuáles son nuestras referencias? ¿Cuáles son nuestras fuentes de información? Hay realidades que solo corresponden a un solo número, a un solo hecho. Pero jamás nos llegan en su escueta objetividad y valor. Nos filtran su validez, su importancia, su categoría, y nos imponen un determinado mérito o demérito y una presunta utilidad. Esto, cuando no nos ocultan simple y llanamente el suceso o se deforma de tal manera el contexto que distorsiona cualquier esencia de lo sucedido.
Ciertamente, un hecho, un valor, puede (y debe) ser analizado desde distintos puntos de vista. Pero se entra en otra dimensión del suceso y debe reconocerse como tal. Las opiniones pueden divergir en función de múltiples condicionantes, ideologías, ámbitos, culturas e intereses. No obstante, la esencia del hecho o del valor no debería ser suplantado jamás por la opinión que nos merece. Y esto es lo que hacen indefectiblemente los medios actuales de comunicación. Barajando distintos periódicos, tirando de hemeroteca y rebuscando documentos desclasificados, uno se da cuenta del evidente y monumental engaño que conforma el actual sistema de información pública y privada. El presente contexto y los acontecimientos de los últimos años certifican que las personas están desconectando de esta falsa realidad impuesta y su desafección hace fracasar hasta las más consolidadas y orquestadas predicciones. Con ello, el combate de los informadores con los creadores de opinión se ha convertido en la derrota de la ética y el triunfo de la influencia y el sectarismo. De tal manera que leer, escuchar o ver una misma noticia desvela de forma instantánea el medio que la divulga.
La pérdida de credibilidad de los medios, las instituciones y las propias administraciones está afectando profundamente las costumbres de las personas, que buscan por vías menos convencionales informarse de forma primaria. Codiciados por los poderes que han arruinado las fuentes habituales, las redes sociales y los mecanismos de comunicación multilateral, faltos del rigor que la profesionalidad debería proporcionar, suplen progresivamente los medios hasta ahora habituales. Del fuego a las brasas. Los “fakes”, “post-verdades” o sea, embustes, farsas, estafas y fraudes, invaden de forma masiva la red en la que pretendemos pescar certezas y que nos atrapa, convirtiendo el cazador en presa. Más que informar, nos quieren, no convencer, sino captar. ¡Y ya no son profesionales, somos nosotros mismos! Si no andamos con extremo cuidado y potenciamos la autocrítica, somos los peores voceros y serviles propagadores de los potentes manipuladores y creadores de opinión.
Como siempre, la evolución positiva de ésta y cualquier otra situación está en nosotros mismos. No como conjunto sino como individuos. Uno a uno y una a una. Sin ponerse de perfil ni endosar la responsabilidad a ningún colectivo que nos arrope. Debemos mirar a la cara a cada persona, despojarla en nuestra percepción de toda etiqueta, rechazar todo prejuicio y tener la valentía de recomenzar de cero con la información a nuestro alcance. Nuestra apreciación y valoración deben ser fundamentales. Cada persona es distinta a cualquier otra, y merece nuestra atención y respeto. Ello no debe impedir formarse un criterio propio en función de nuestras referencias, nuestras experiencias y nuestras reflexiones. En alguna ocasión nos engañarán, en otras nos equivocaremos y en toda circunstancia deberemos estar atentos y preparados para modificar o completar nuestra percepción y nuestro criterio. Según creo, es relevante esta valoración del individuo, ya que a través de otras personas conocemos los hechos. Pocos, poquísimos son los acontecimientos que presenciamos en primera persona. Una elevadísima proporción de lo que conforma nuestra realidad procede de personas, medios, instituciones y colectivos.
A mi entender, la base es la persona. Probablemente no sea frecuente que la primera fuente de información sea una persona directamente conocida. Pero la verificación de los hechos, la conformación de nuestra verdad, la configuración de lo ocurrido tanto conceptualmente como con sus matices, debe imperativamente contener elementos confirmados por algo o alguien de confianza. La certidumbre sobre el hecho debe relativizarse en función de su procedencia y su grado de comprobación. La gradación de la cualidad o acción debe ser fijada sin complejos ni tópicos. Toda violencia es execrable. Pero habrá violencia peor que otra y debemos tener la valentía de valorar, juzgar y en su caso, expresar nuestro criterio razonado.
A partir de ahí uno puede tomar partido o no. Opinar en un sentido u otro y actuar en consecuencia. Nada ni nadie salvo nosotros mismos puede decidir. Dejar que lo haga cualquier otro, sea persona, colectivo o convención es una manera de engañarse a sí mismo; es una práctica que, por habitual, no deja de ser deshonesta. Renunciar a esta capacidad individual agravia nuestra condición de seres humanos. Seguir a ojos cerrados la postura de cualquier colectivo adormece tanto nuestra conciencia como nuestro sentido crítico.

Lo escrito, claro está, es tan solo mi opinión. Una reflexión sobre mi aversión a la generalización, las modas, las convenciones y todas aquellas componendas que conforman los invariables tópicos tanto políticamente correctos como basados en simplezas onomatopéyicas. 

martes, 31 de enero de 2017

Donald Trump

Con Trump, la entrada del elefante en la cacharrería se ha hecho patente. La decisión de vetar la entrada a los ciudadanos de siete países musulmanes (¿por qué no está Arabia Saudí?) y cerrar las puertas a los refugiados mediante una Orden Ejecutiva Presidencial es claramente demostrativo de lo chapucero, arbitrario, insensible e irreflexivo del proceder de este pintor de brocha gorda sin experiencia. Sin la mínima preparación organizativa ni operacional y sin consenso alguno en el propio ámbito político doméstico ni mucho menos internacional, Donald Trump ha hecho sus primeras grandes cagadas. ¿Qué se esperaba de él? 
Interdicciones, pleitos, vetos e inhabilitaciones vendrán a disolver este nuevo terrón de estulticia. (Lo iba a llamar "truño", pero el escrito me parece ya lo bastante escatológico).

A pesar del profundo respeto que merecen los dramas humanos derivados de normas injustas que cualquier administración emite descuidadamente de vez en cuando, el caso Trump pone de manifiesto un hecho incontestable. La gente está harta, hasta las narices. Desorientados por falta de referentes, engañados por la derecha, por la izquierda, por arriba y por abajo, estrujados fiscalmente, empobrecidos social y económicamente, buscamos nuevas formas de protesta hasta la exasperación irracional. Exploramos con total desprecio al riesgo hasta los extremos de uno y otro signo ya que el sistema ha permitido llevar la situación al exceso. Nos han arrastrado al borde del precipicio y nos hemos asomado tantas veces al vacío que le hemos perdido el respeto.

Ahora una miríada de protestas, condenas, declaraciones de altísimas autoridades y campañas de todo pelaje no deberían hacernos olvidar la raíz del problema. A mi juicio, Trump es otro síntoma. El problema es que el sistema que intenta sobrevivir a su propio colapso, seguirá dañando a los ciudadanos del mundo mientras no se encuentre un nuevo rumbo y un nuevo modelo que permitan relanzar al individuo donde moren nuevamente los valores que el actual sistema ha desvirtuado, corrompido y desperdiciado por avaricia, en beneficio de sus dueños.

No lo veo fácil. Se necesitan grandes dosis de inteligencia, trabajo, sensibilidad y pragmatismo durante mucho tiempo para preparar un nuevo entorno que permita generar un proyecto alternativo al sistema actual en descomposición.

La ONU que desde finales de 1.945 ha dilapidado su oportunidad junto con ingentes recursos, ha traicionado su carta fundacional y con ello a la humanidad que pretendía representar. Hoy en día no es más que un elemento más del sistema. Habrá que buscar una nueva ocasión y esperar algunas generaciones más para que, con suerte, surja una nueva organización que tenga su oportunidad. Esperemos que no sea necesario alumbrar tal institución al calor de una nueva confrontación bélica global. Aunque la actual situación de terrorismo universalizado podría muy bien ser la nueva forma de una guerra mundial. Mucho más compleja. Sin frentes, sin tiempos y sin líderes permanentes a los que decapitar.
Einstein comentó repetidamente que no sabía como sería la tercera guerra mundial, pero si existiera una cuarta, volvería a ser a base de palos y piedras.

Cuando algo humano ocurre, a alguien beneficia. Es lamentable que habitualmente beneficia a unos pocos y perjudica a otros muchos. Como dice Hércules Poirot, si encuentras el motivo sabes quién es el asesino. 

sábado, 21 de enero de 2017

Tiempo de cambios

En un entorno conocido es razonable establecer pautas de acción y reacción en función de sus precedentes resultados. Dichas pautas acaban instalandose como axiomas, creando una zona de aparente confort. Las estrategias ideológicas se rigidizan hasta convertirse en simples actitudes tácticas. Nos acomodamos como sociedad y nos embrutecemos como individuos. 
¿Como llegar a entender un contexto inestable que ni tan siquiera existe como tal? Cuando el ámbito se modifica, cuando elementos perturbadores generan dinámicas que no responden a las pautas conocidas, las respuestas son a menudo erróneas y estériles. La lista es larga: subestimar, despreciar, combatir, denostar, ofender...
Por citar solo algunos ejemplos, Hungría, Polonia, Escocia, Italia, Reino Unido y últimamente Estados Unidos. Toda espectativa, toda predicción ha fracasado. China, Rusia, EEUU y Europa se encuentran en un nuevo paradigma aún sin definir y nuestra reacción está en la lista de respuestas erróneas, sin pretender antes entender. Cuando conocer y entender debiera a mi juicio, ser nuestra prioridad.
El empecinamiento no será en ningún caso la actitud correcta para la comprensión del proceso de cambio y no ayudará a establecer un modelo estable. ¿Hemos perdido nuestra capacidad individual de análisis, de duda y reflexión, de libre razonamiento?
Vienen tiempos en que será recomendable rechazar las grandes verdades repetidas por los grandes voceros, estar atentos a la transformación del contexto y escuchar con espíritu crítico los cantos de las sirenas. Que haberlas, haylas...