martes, 6 de septiembre de 2011

BERLIN EN CUATRO PALABRAS - Preparando el viaje de los 18 años de mi hijo Derek - Junio 1.991.

En cuatro palabras, Berlín.

Si de España pudiera contar la historia en cuatro palabras, para la de Alemania cuatro letras bastarían. No obstante, Berlín fue ciudad antes que Prusia reino y mucho antes que Alemania estado. Un vistazo al escudo de armas de los Hohenzollern, simple, monocromo y de rígida simetría nos hace intuir una procedencia alejada de toda sensibilidad y sofisticación.

Pequeñas hordas de Eslavos y Teutones se corrieron a palos entre los ríos Elba y Oder, hasta bien entrado el siglo X, ignorando la pretendida invasión romana. Desde los primeros esfuerzos de Otto I “el grande” coronado por el Papa Juan XII en 991 hasta una cierta colonización estable con dimensión política e importancia económica basada en Brandenburgo y centrada en Potsdam, transcurrieron más de tres siglos.

La primera mención conocida del distrito de San Nicholas, dependiente de Spandau y estado embrionario de Berlín, data de 1.251, dos siglos después de las hazañas de Rodrigo Díaz nacido en Vivar, nuestro Cid Campeador.
Poco antes del 1.300, Berlín se convirtió en la primera ciudad al Este del río Elba, con cerca de 4.000 habitantes. Benedictinos, Franciscanos, Cistercienses y Judíos incrementaron su presencia y gestaron con la absorción de los pueblos vecinos y la unión con Cölln la semilla del gran Berlín, independizándose judicial y fiscalmente de la ciudad de Spandau. Durante el siglo XIV, sin emperador que aglutinase las tierras germánicas, con el territorio en permanente fragmentación y múltiples príncipes que se auto-coronaban en fundidizos reinos, la peste negra diezmó la población. Pero Berlín se fortalecía como la principal ciudad del territorio de Brandenburgo, uno de los pocos territorios estructurados en aquellas latitudes, junto con el de Baviera.

No obstante, a finales de siglo (XIV), Brandenburgo, ocupado por Carlos IV de Luxemburgo, fue descrito como un territorio asolado por las plagas y enfermedades, destruido por el incendio de sus ciudades (Berlín-Cölln entre ellas) y sometido al continuo pillaje de hordas de distintos pelajes. Mientras tanto, en Francia, a orillas del Loira, Louis 1º d’Anjou añadía cuatro torres octogonales al castillo de Saumur, construido en 1.230 por la orden de Saint Louis.

En el siglo XV, poco antes de zarpar Cristóbal Colón de Palos, un incipiente reino de Prusia en manos de una nueva aristocracia formada por la burguesía terrateniente (Junkers) aglutinados inicialmente por Federico I de Brandenburgo iba tomando forma. La dinastía de los Hohenzollern resistiendo revueltas urbanas, divisiones y segregaciones temporales se estableció como fuerza unificadora durante cinco siglos en el territorio de Prusia. Mientras Louis XIII construía el castillo de Versailles y posteriormente Louis XIV –el Rey Sol- lo elevaba a categoría de Palacio,  el águila prusiana se revistió de plumas, se dotó de fuertes garras y sacó una inesperada y curva lengua roja de sus fauces picudas.

De mediados del XVI a finales del XVIII no existió iglesia católica alguna en Brandenburgo estableciéndose el Luteranismo como religión hegemónica en el territorio.
De 1.650 data el primer mapa conocido de Berlín, tras la devastadora “Guerra de los Treinta Años”. La Avenida Unter den Linden marcaba el límite de la zona aristocrática y la zona plebeya de la ciudad. Nuevas zonas de marismas fueron drenadas y secadas, surgiendo nuevos distritos; nuevos aires trajeron en masa nuevos ciudadanos entre ellos los hugonotes y la ciudad creció en medio siglo de 6.000 a 55.000 habitantes.

Finales del XVII y albores del XVIII fueron testimonios de la explosión del gran Berlín. Se fundó la academia de las Artes (Charlottenburg 1.696). El duque Federico III apoyó al emperador Leopoldo I, rey de Hungría y de Bohemia y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en la ley de sucesión frente a España, reportándole una pingüe promoción (de Federico Guillermo III Duque de Prusia, a Rey de Prusia Federico Iº).

Se fundó en 1.702 la academia de Ciencias (Schloss Charlottenburg). Se unificaron las cinco comunidades (Cölln, Friedrischswerder, Dorotheenstadt, Friedrischstadt, y la propia Berlín) en  un solo consejo municipal.
En 1.781, se emitieron las primeras monedas del Banco Real (fundado en 1.765), fabricadas por máquinas adquiridas a Inglaterra. El proletariado urbano emergió con la fuerza y el vigor de todo lo nuevo.

En 1.792 se pavimentó la primera calle de Berlín, a tiempo justo para que Napoleón pudiera pisotearla con botas y caballos. En aquellos tiempos reinaba la Reina Louise (1.776 – 1.810), madre del primer káiser Guillermo I y la zarina Carlota de Prusia. Durante un baile ofrecido por la reina Louise, Napoleón le ofreció una rosa en señal de amistad. “La aceptaré sólo si la acompaña con Magdeburg”, replicó la Reina, (implicando hasta qué ciudad debía permanecer Prusia no ocupada). Prusia se quedó sin sus provincias al Oeste del Elba y la Reina sin rosa ni reino.

La ocupación francesa engendró una fuerte reacción patriótica. Dicho movimiento generó una nueva expresión en el arte, la literatura y la cultura en general. Asimismo, dentro de un limitado grado de autonomía, los poderes municipales impulsaron un liberalismo hasta entonces desconocido en la Europa Napoleónica.
En 1.813 los rusos entraron en Berlín infligiendo severas pérdidas a los ejércitos de Napoleón. Lo que iba a ser un ascendente Estado no era más que el campo de batalla de otras potencias. En 1.814 se instauró el servicio militar obligatorio en Berlín y se formó una confederación de 39 estados germanos para la reconquista de los territorios ocupados por unos y otros.

1.815, la batalla de Waterloo marcaría el principio del fin de la etapa Napoleónica y el nacimiento de la Alemania moderna. Tras la derrota definitiva de Napoleón Iº, el congreso de Viena estableció las bases del absolutismo en la nueva Europa de la restauración. La gran perdedora del congreso de Viena fue Prusia, que no recuperó más que un tercio de sus territorios. En Shönhausen nacía este mismo año Otto von Bismark, que sería artífice de la unión de los estados alemanes.

El periodo 1.816 - 1.844 fue de gran crecimiento industrial, económico y demográfico (a pesar del cólera de 1.831) para Berlín, que creció de 200.000 a 400.000 habitantes. La recesión europea 1.844 – 1.847 tuvo un especial impacto en la zona debido a su alto grado de industrialización. Prusia, ya centrada en Berlín, fue la locomotora del resurgimiento industrial y económico desde 1.848, creando el Deutsche Bank y la bolsa en 1.870 y culminando en 1.871 con la designación de capital del recién proclamado Imperio Germano mediante el tratado de Frankfort (tratado de paz firmado el 10 de mayo de 1871 en Fráncfort del Meno entre el Imperio alemán y Francia, al finalizar la guerra franco-prusiana). Dicha firma ratificó el Tratado de Versalles del 26 de febrero de 1871, acordado entre Otto von Bismarck y el jefe de gobierno francés, Adolphe Thiers y por el cual Francia perdía Alsacia y parte de la Lorena. Berlín contaba ya con 870.000 habitantes.

De 1.873 a 1.914, Alemania inventó. Inventó la opulencia económica, los escándalos financieros, el genocidio étnico a pequeña escala, las fábricas de dinamos y motores eléctricos (Werner von Siemens – 1.888),  los grupos industriales, y finalmente la guerra mundial. El gran Berlín era el ombligo del mundo poblado por dos millones de habitantes.

Las tensiones extremas entre el Imperio alemán, el Imperio austro-húngaro, el Imperio otomano, el Imperio ruso, el Imperio británico, Francia e Italia fueron las causas subyacentes de la Gran Guerra. El detonante fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del trono del Imperio austro-húngaro, por el nacionalista serbobosnio Gavrilo Princip, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo. El 28 de Julio la triple alianza (el Imperio alemán y el Imperio austrohúngaro por iniciativa de Otto von Bismarck, a la que posteriormente se uniría Italia), inició la mayor conflagración hasta entonces conocida. Con el ataque de Austria contra Serbia (que, de hecho, desencadenó el inicio de las hostilidades) y el ataque de Alemania contra Bélgica empezó una guerra donde murieron más de 9 millones de combatientes, muchos a causa de los avances tecnológicos de la industria armamentística, que hizo estragos contra una infantería que fue usada de forma masiva y temeraria.
Quizás Berlín fuera la cuidad que más perdió en el desenlace de la guerra del 14-18.
En 1.915 la ciudad creó por primera vez en la historia los cupones de racionamiento para el pan, que luego fueron extendiéndose a los demás productos de primera necesidad. La guerra dejó un lastre de 300.000 parados, enfermedades, miseria y lucros de guerra desigualmente repartidos. El humillante tratado de Versailles de 1.918 dejó prendida la mecha de la inevitable siguiente conflagración. Al término de la primera gran guerra, se constituyó la república de Weimar en verano de 1.919.
En 1.923, un dólar americano se cambiaba por 4.200 millones de Reichsmarks. A pesar de una fuerte modernización y racionalización de la industria, Alemania, no lograría hacer frente a sus deudas de guerra. Los fuertes impuestos a que estaban sometidos sus ciudadanos, el precio de los servicios estatales y municipales y la demagogia creciente de los partidos políticos clásicos (especialmente del social demócrata en el gobierno), provocaron una fuerte deriva de opinión pública hacia posiciones radicales, cuyos principales beneficiarios fueron los partidos Comunista y el Nacional Socialista. En 1.929, Berlín era la mayor ciudad europea, con 4,3 millones de habitantes con más del 10% de los desempleados de toda Alemania.

En 1.932, Adolf Hitler (Austriaco) obtuvo la nacionalidad Alemana. Dicho sujeto centralizó su poder en Berlín, construyendo su propio imperio interior destruyendo el entramado social y político basado en la autonomía de los Länders y los sindicatos de trabajadores. El partido Nazi ganó las elecciones de 1.933, impulsando a Hitler a la presidencia del gobierno de la capital del Reich. En Berlín se creó este año la Gestapo, las SA, las SS y los centros de detención y tortura, entre ellos Columbia-Haus en Tempelhof. A 30 km al Norte de Berlín, en Sachsenhausen, se erigió el primer campo de concentración, último hogar de los opuestos al nuevo régimen, muchos de los cuales lo habían votado democráticamente.
El resto de Europa, auto complacida, demagógica y con cada estado mirando su propio ombligo demostró su ceguera e insensibilidad ante hechos del calado de “la noche de los cuchillos largos” (30-06-1.934) y “la noche de los cristales rotos” (9-11-1.938). La ayuda alemana al ejército del General Franco en España era el banco de pruebas ideal para la maquinaria bélica del gobierno de Berlín. 
El 12 de Marzo de 1.938, Hitler, habiendo asumido todo el poder, anexionó Austria, su país natal, convirtiendo Österreich en la provincia alemana de Ostmark. En 1.939 Alemania invadió Checoeslovaquia y Polonia, declaró la guerra a Francia e Inglaterra y embarcó a la humanidad en la segunda guerra mundial.

La primera bomba de la RAF en territorio alemán cayó en Berlín el 26 de Agosto de 1.940, en respuesta a un raid de la Luftwaffe sobre Londres.
Tras la derrota del ejército alemán en Volgogrado (Stalingrad desde 1.918), batalla que costó cerca de 2 millones de combatientes de ambos bandos, los rusos llegaron por segunda vez en la historia, al río Oder y el 30 de Abril de 1.945 la bandera nazi fue arriada del Reichstag. Berlín, ciudad nuevamente ocupada, se dividió en cuatro sectores e inventó nuevamente; en esta ocasión, la guerra fría.

La conferencia de Postdam certificó la desaparición de Prusia como estado y el resurgimiento de Berlín como centro de Europa. Centro descentrado donde los hubiere, ya que se ubicaba claramente dentro del territorio de uno de los nuevos ocupantes de Alemania. Dos visiones distintas del mundo y su estructura socio-económica convivieron (malvivieron) en una misma ciudad. Berlín Oeste sufrió durante once meses (4/6/48 – 12/5/49) un bloqueo soviético, versión moderna de los asedios medievales, salvado por el puente aéreo tendido desde la zona occidental por los americanos. La ciudad fue un hervidero de agentes mas o menos secretos de todo pelaje y calaña sirviendo a uno o varios de los cruzados intereses que confluían en la puerta de Brandenburgo.

La división física de Berlín se concretó en 1.961, cortando 192 calles, cuatro túneles de metro, tres autopistas, líneas de tren, apostando 25.000 centinelas (uno cada dos metros) y construyendo un muro de cuatro metros de altura, coronado por tubos de hierro y alambradas. Segregar una ciudad no es fácil; partiendo de la puerta de Brandenburgo, y hacia ambos lados, el muro se extendió, llegando a 155 kilómetros de longitud. 12 kilómetros de muro de hormigón y 143 kilómetros de estacas y alambradas, con el pretendido propósito de evitar una invasión occidental, cuando en realidad encerraban en una inmensa cárcel a los habitantes de Europa del Este.

Hace 15 años, en 1.976, el río Spree que bordea el patio trasero del Reichstag, cerca de Unter den Linden strasse en la puerta de Brandenburgo, contenía la mayor concentración de trampas, alambres de espino y minas submarinas imaginable.
Hacia el NorOeste, la parte del Tier Garten que flanqueaba el muro, era una especie de no-man’s land donde las más sórdidas pesadillas podían formar parte de una realidad cotidiana. Hacia el Sur y luego al Este, pasada la Potsdamer strasse, subiendo de la Ufer Wataloo que bordea el Landwehr Kanal, en el cruce de la Koch strasse y la Friedrich strasse, se encuentra el check point Charlie, una de las tres puertas que permitían una cierta osmosis entre el oriente y el occidente.
Un gran cartel anuncia “You are living the american sector” en cuatro idiomas; en inglés, ruso, francés y el último, en letra pequeña, el alemán. Visible desde el lado soviético, también hay un gran cartel, que en los mismos idiomas y formato, pero creo recordar que con fondo amarillo, predica que se entra en el sector americano, que no se pueden llevar armas, y que se deben respetar las normas de tráfico. Entre uno y otro cartel, en uno y otro sentido, se deben haber producido las mayores concentraciones de adrenalina de la história.

Los check point Alfa (Helmstadt) y Bravo (Dreilinden) anteriores al de Friedrich strasse, permitían el paso solo a diplomáticos y militares acreditados (la gran mayoría de pacotilla). Tras un meandro en zona oriental, río arriba, el Spree bordea la Mühlen strasse del lado soviético y la Köpernicker strasse del lado occidental. Pocos me parecen los relatos narrados sobre esta época y de esta zona de Berlín. Sin revolcarse en la miseria humana, es necesario mantener constancia de unos hechos que la vergüenza debe forzar a no repetir.

Hasta 1.989, los berlineses del Este debían recorrer centenares de kilómetros para pasar a zona Occidental a través de las fronteras de Hungría y Checoslovaquia mucho más permeables que las puertas de su propia ciudad. De Noviembre del 89 a estos días, una destrucción casi total del muro está borrando la más reciente historia de Berlín. Alemania acaba de anunciar el traslado de la sede de algunos ministerios (Justicia entre ellos) de Bonn a Berlín.

Costará, y mucho, borrar las diferencias entre dos zonas de una misma ciudad que han vivido más de treinta años en las antípodas la una de la otra. Parte del esplendor inyectado por vía parental por el Plan Marshall al Berlín Oeste, se deshinchará como un soufflé sacado del horno a destiempo. Pero permanecerá la infraestructura comercial, el ánimo de sus tenderos y restauradores, la inercia de vida que nunca han perdido, en gran parte gracias a la alimentación asistida y la respiración artificial de Occidente.

Para dar nueva vida a la zona Este, se deberán hundir paredes, permeabilizar los barrios, construir tiendas en los boquetes, iluminar sus larguísimas y severas avenidas, repintar en color todo el gris de hormigón y de tristeza. Y la generación que ha conocido tanta crueldad y vejaciones deberá dejar paso a nuevas generaciones, a quienes no se tiene que ocultar su próximo pasado. Esto último, quizás, sea válido para todos sus congéneres humanos; no fuéramos otra vez, a ir por las andadas.

Tendremos ocasión de ver con nuestros propios ojos el estado actual de la ciudad. Con la debida perspectiva, parte de la cual pretendo poner de manifiesto en este escrito, debemos intentar percibir el giro brusco de la historia en el que está inmerso Berlín. Las comunidades humanas, como los veleros, avanzan de bolina, ciñéndose al viento y con constantes cambios de rumbo. Los vientos dominantes de la historia son también como los de la mar, siempre contrarios al rumbo debido. Esperemos sentir que por un tiempo Berlín podrá navegar con vientos portantes que permitan a su tripulación reparar aparejos, limpiar calas y secar sentinas.

Personalmente, nunca podré ver Berlín con ojos nuevos. Desde 1.976, y en múltiples ocasiones durante una década, se fijaron en mi alma terrores que formarán parte de todas mis pesadillas y que jamás me abandonarán. Hace poco más de un año, a finales de 1.989, asistí al colapso de una inexplicable atrocidad que separó familias, amigos y a gran parte de la humanidad en dos mundos antagónicos de forma brutal. La esperanza debería sobreponerse al temor, pero lo acontecido y lo vivido implantó profundamente la desconfianza en el ser humano dentro de mi corazón. Espero que tú formes parte de esos ojos nuevos que deben permitir a Berlín ser de nuevo la gran ciudad que merece ser. Admiremos el resplandor de la capital de la nueva Europa, que nunca debió dejar de ser centro de su cultura y humanidad.


Barcelona, Junio 1.991.

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