Hoy aparece publicado un artículo de opinión firmado por el
ex presidente de Catalunya Jordi Pujol, sobre cómo queremos que sea nuestro
país en el futuro.
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Es un escrito con cierta
profundidad y de fuerte carácter político pero procediendo de quien procede, se
me antoja más una provocación que una sincera reflexión. Con mi respeto por
delante y reconociendo la capacidad intelectual así como el bagaje cultural del
Molt Honorable, debo protestar.
Para partir de un punto
histórico, irrefutable y de común acuerdo,
Catalunya nunca ha sido un estado, nunca ha sido independiente y es una
entidad territorial cuya identidad se forma en base a descripciones populares
previas a las influencias eruditas a partir del siglo XII. Como entidad política, el territorio,
conjunto de condados patrimonio de la corona de Aragón desde la Edad Media,
recibió el nombre de Principado de Catalunya en el siglo XIV en base a uniones
matrimoniales y dinásticas. Por lo tanto el nacimiento del concepto social de
Catalunya debió aparecer durante este proceso que abarca los siglos XII y XIII.
El concepto Social es un sentimiento de pertenencia ligado a un territorio y
unos usos y costumbres comunes, entre los cuales está el idioma ordinario.
Desde entonces, los Catalanes sabemos lo que queremos ser. Otra cosa han sido y
son los deseos de las castas dominantes.
El escrito del ex presidente
reitera la fórmula de la pregunta retórica para pasar luego a dar las
directrices que condicionan cualquier respuesta. Nos pregunta y se responde. Ya
basta de trampas y manipulaciones. Ya basta de explotar este sentimiento que
nos hace a todos catalanes, con la pérfida intención de anular al individuo y
diluir su pensamiento y voluntad en un marasmo de tópicos y supuestas mayorías democráticas.
Hay unos siete millones y medio
de respuestas a su pregunta. Y no todas ellas son respuestas simples de un solo
renglón ni todas ellas están engendradas desde un mismo punto de partida ni en
el mismo idioma. Pero todas ellas tienen un punto común. Los políticos deben
tener la capacidad de interpretar y ser los gestores de que dichas voluntades
sean lo más eficientemente satisfechas. ¿Cree que será suficiente con un simple
pentálogo para que sigamos en fila india y no nos desviemos? No les votamos
para que determinen a su antojo el camino a seguir en cada momento, sino para
que gestionen y conduzcan el País por donde el individuo pueda ser más feliz y
sufra menos las adversidades naturales y la maldad humana.
Usted emite una lista de cinco
condiciones políticamente correctas para salvaguardar el orden establecido y
mantener las actuales castas dominantes en el poder. Usted mismo reconoce que
Catalunya ha avanzado en esta dirección durante los últimos treinta o cuarenta
años. Pues para este viaje no era menester tanta alforja. El individuo no es
más feliz ni se siente más realizado que antes de emprender la aventura en la
que nos embarcaron ustedes, los políticos. Hemos vivido espejismos que nos han
hecho creer por instantes que el periplo y el esfuerzo merecían la pena. Son ustedes
unos magníficos trileros. Juegan con la sociedad como los hechiceros lo hacían
con la tribu. Pero todo indica que estamos hartos; que la desafección y el
desencanto han llegado para anidar en nuestra generación y permanecer en las
venideras.
Deben ustedes cambiar; deben
cambiar el sistema. Y para ello deben romper de forma valiente con los procesos
viciados, las instituciones caducas y establecer un nuevo conjunto de ideas y
conductas cuya finalidad sea la felicidad de los administrados. Y deben hacerlo
antes de que el propio pueblo se lo exija por las malas. El pueblo es un poder
telúrico, temible en sus manifestaciones explosivas que son generalmente
reconducidas mediante el uso de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado.
Solo que, de vez en cuando, en función del agotamiento social y la
desesperanza, fragua un movimiento caótico que pone en jaque la esencia misma
del estado con procesos cruentos y de
dudoso éxito ya que solo producen a la larga, un cambio de familias en las
castas dominantes.
Insistentemente, encarecidamente,
les estamos pidiendo que cambien el sistema. ¿No oyen a la mayoría silenciosa?
¿No la escuchan? ¿No les importa? Está cambiando el tono y algunos ya lo
estamos exigiendo.
¿Cómo queremos que sea Catalunya?
No es esta la cuestión. En este sentido, Catalunya es su razón de ser, su modus
vivendi. No se trata de un concepto político, ni territorial, ni tan siquiera
social. Se han olvidado ustedes del individuo. Lo importante es cómo queremos
ser los Catalanes, como los Ubetenses, Provenzales, Valones o Flamencos.
Queremos ser felices, President. Interpretarlo y gestionarlo es complejo y
exigente. Pero quien no se atreva con ello que no se meta en política.