En cuatro palabras, Berlín.
Si
de España pudiera contar la historia en cuatro palabras, para la de Alemania
cuatro letras bastarían. No obstante, Berlín fue ciudad antes que Prusia reino
y mucho antes que Alemania estado. Un vistazo al escudo de armas de los
Hohenzollern, simple, monocromo y de rígida simetría nos hace intuir una
procedencia alejada de toda sensibilidad y sofisticación.
Pequeñas hordas de Eslavos y
Teutones se corrieron a palos entre los ríos Elba y Oder, hasta bien entrado el
siglo X, ignorando la pretendida invasión romana. Desde los primeros esfuerzos
de Otto I “el grande” coronado por el Papa Juan XII en 991 hasta una cierta
colonización estable con dimensión política e importancia económica basada en Brandenburgo
y centrada en Potsdam, transcurrieron más de tres siglos.
La primera mención conocida del
distrito de San Nicholas, dependiente de Spandau y estado embrionario de Berlín,
data de 1.251, dos siglos después de las hazañas de Rodrigo Díaz nacido en
Vivar, nuestro Cid Campeador.
Poco antes del 1.300, Berlín se
convirtió en la primera ciudad al Este del río Elba, con cerca de 4.000
habitantes. Benedictinos, Franciscanos, Cistercienses y Judíos incrementaron su
presencia y gestaron con la absorción de los pueblos vecinos y la unión con
Cölln la semilla del gran Berlín, independizándose judicial y fiscalmente de la
ciudad de Spandau. Durante el siglo XIV, sin emperador que aglutinase las
tierras germánicas, con el territorio en permanente fragmentación y múltiples
príncipes que se auto-coronaban en fundidizos reinos, la peste negra diezmó la
población. Pero Berlín se fortalecía como la principal ciudad del territorio de
Brandenburgo, uno de los pocos territorios estructurados en aquellas latitudes,
junto con el de Baviera.
No obstante, a finales de siglo
(XIV), Brandenburgo, ocupado por Carlos IV de Luxemburgo, fue descrito como un
territorio asolado por las plagas y enfermedades, destruido por el incendio de
sus ciudades (Berlín-Cölln entre ellas) y sometido al continuo pillaje de
hordas de distintos pelajes. Mientras tanto, en Francia, a orillas del Loira,
Louis 1º d’Anjou añadía cuatro torres octogonales al castillo de Saumur,
construido en 1.230 por la orden de Saint Louis.
En
el siglo XV, poco antes de zarpar Cristóbal Colón de Palos, un incipiente reino
de Prusia en manos de una nueva aristocracia formada por la burguesía
terrateniente (Junkers) aglutinados inicialmente por Federico I de Brandenburgo
iba tomando forma. La dinastía de los Hohenzollern resistiendo revueltas
urbanas, divisiones y segregaciones temporales se estableció como fuerza
unificadora durante cinco siglos en el territorio de Prusia. Mientras Louis
XIII construía el castillo de Versailles y posteriormente Louis XIV –el Rey
Sol- lo elevaba a categoría de Palacio,
el águila prusiana se revistió de plumas, se dotó de fuertes garras y
sacó una inesperada y curva lengua roja de sus fauces picudas.
De mediados del XVI a finales del
XVIII no existió iglesia católica alguna en Brandenburgo estableciéndose el
Luteranismo como religión hegemónica en el territorio.
De 1.650 data el primer mapa
conocido de Berlín, tras la devastadora “Guerra de los Treinta Años”. La
Avenida Unter den Linden marcaba el límite de la zona aristocrática y la zona
plebeya de la ciudad. Nuevas zonas de marismas fueron drenadas y secadas,
surgiendo nuevos distritos; nuevos aires trajeron en masa nuevos ciudadanos entre
ellos los hugonotes y la ciudad creció en medio siglo de 6.000 a 55.000
habitantes.
Finales del XVII y albores del
XVIII fueron testimonios de la explosión del gran Berlín. Se fundó la
academia de las Artes (Charlottenburg 1.696). El duque Federico III apoyó al
emperador Leopoldo I, rey de Hungría y de Bohemia y Emperador del Sacro Imperio
Romano Germánico en la ley de sucesión frente a España, reportándole una pingüe
promoción (de Federico Guillermo III Duque de Prusia, a Rey de Prusia Federico
Iº).
Se fundó en 1.702 la academia de
Ciencias (Schloss Charlottenburg). Se unificaron las cinco comunidades (Cölln,
Friedrischswerder, Dorotheenstadt, Friedrischstadt, y la propia Berlín) en un solo consejo municipal.
En 1.781, se emitieron las
primeras monedas del Banco Real (fundado en 1.765), fabricadas por máquinas
adquiridas a Inglaterra. El proletariado urbano emergió con la fuerza y el
vigor de todo lo nuevo.
En 1.792 se pavimentó la
primera calle de Berlín, a tiempo justo para que Napoleón pudiera pisotearla
con botas y caballos. En aquellos tiempos reinaba la Reina Louise (1.776 –
1.810), madre del primer káiser Guillermo I y la zarina Carlota de Prusia.
Durante un baile ofrecido por la reina Louise, Napoleón le ofreció una rosa en
señal de amistad. “La aceptaré sólo si la acompaña con Magdeburg”, replicó la
Reina, (implicando hasta qué ciudad debía permanecer Prusia no ocupada). Prusia
se quedó sin sus provincias al Oeste del Elba y la Reina sin rosa ni reino.
La ocupación francesa engendró
una fuerte reacción patriótica. Dicho movimiento generó una nueva expresión en
el arte, la literatura y la cultura en general. Asimismo, dentro de un limitado
grado de autonomía, los poderes municipales impulsaron un liberalismo hasta
entonces desconocido en la Europa Napoleónica.
En 1.813 los rusos entraron en
Berlín infligiendo severas pérdidas a los ejércitos de Napoleón. Lo que iba a ser un ascendente Estado no era más que el campo de batalla de otras potencias. En 1.814 se
instauró el servicio militar obligatorio en Berlín y se formó una confederación
de 39 estados germanos para la reconquista de los territorios ocupados por unos y otros.
1.815,
la batalla de Waterloo marcaría el principio del fin de la etapa Napoleónica y
el nacimiento de la Alemania moderna. Tras la derrota definitiva de Napoleón Iº,
el congreso de Viena estableció las bases del absolutismo en la nueva Europa de
la restauración. La gran perdedora del congreso de Viena fue Prusia, que no
recuperó más que un tercio de sus territorios. En Shönhausen nacía este mismo año
Otto von Bismark, que sería artífice de la unión de los estados alemanes.
El periodo 1.816 - 1.844 fue de
gran crecimiento industrial, económico y demográfico (a pesar del cólera de
1.831) para Berlín, que creció de 200.000 a 400.000 habitantes. La recesión
europea 1.844 – 1.847 tuvo un especial impacto en la zona debido a su alto
grado de industrialización. Prusia, ya centrada en Berlín, fue la locomotora
del resurgimiento industrial y económico desde 1.848, creando el Deutsche Bank
y la bolsa en 1.870 y culminando en 1.871 con la designación de capital del
recién proclamado Imperio Germano mediante el tratado de Frankfort (tratado de
paz firmado el 10 de mayo de 1871 en Fráncfort del Meno entre el Imperio alemán
y Francia, al finalizar la guerra franco-prusiana). Dicha firma ratificó el
Tratado de Versalles del 26 de febrero de 1871, acordado entre Otto von
Bismarck y el jefe de gobierno francés, Adolphe Thiers y por el cual Francia
perdía Alsacia y parte de la Lorena. Berlín contaba ya con 870.000 habitantes.
De
1.873 a 1.914, Alemania inventó. Inventó la opulencia económica, los escándalos
financieros, el genocidio étnico a pequeña escala, las fábricas de dinamos y
motores eléctricos (Werner von Siemens – 1.888), los grupos industriales, y finalmente la guerra
mundial. El gran Berlín era el ombligo del mundo poblado por dos millones de
habitantes.
Las tensiones extremas entre el
Imperio alemán, el Imperio austro-húngaro, el Imperio otomano, el Imperio ruso,
el Imperio británico, Francia e Italia fueron las causas subyacentes de la Gran
Guerra. El detonante fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de
Austria, heredero del trono del Imperio austro-húngaro, por el nacionalista
serbobosnio Gavrilo Princip, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo. El 28 de Julio
la triple alianza (el Imperio alemán y el Imperio austrohúngaro por iniciativa
de Otto von Bismarck, a la que posteriormente se uniría Italia), inició la
mayor conflagración hasta entonces conocida. Con el ataque de Austria contra
Serbia (que, de hecho, desencadenó el inicio de las hostilidades) y el ataque
de Alemania contra Bélgica empezó una guerra donde murieron más de 9 millones
de combatientes, muchos a causa de los avances tecnológicos de la industria
armamentística, que hizo estragos contra una infantería que fue usada de forma
masiva y temeraria.
Quizás Berlín fuera la cuidad que
más perdió en el desenlace de la guerra del 14-18.
En 1.915 la ciudad creó por
primera vez en la historia los cupones de racionamiento para el pan, que luego
fueron extendiéndose a los demás productos de primera necesidad. La guerra dejó un lastre
de 300.000 parados, enfermedades, miseria y lucros de guerra desigualmente
repartidos. El humillante tratado de Versailles de 1.918 dejó prendida la mecha de la
inevitable siguiente conflagración. Al término de la primera gran guerra, se
constituyó la república de Weimar en verano de 1.919.
En 1.923, un dólar americano se
cambiaba por 4.200 millones de Reichsmarks. A pesar de una fuerte modernización
y racionalización de la industria, Alemania, no lograría hacer frente a sus
deudas de guerra. Los fuertes impuestos a que estaban sometidos sus ciudadanos,
el precio de los servicios estatales y municipales y la demagogia creciente de
los partidos políticos clásicos (especialmente del social demócrata en el gobierno),
provocaron una fuerte deriva de opinión pública hacia posiciones radicales,
cuyos principales beneficiarios fueron los partidos Comunista y el Nacional
Socialista. En 1.929, Berlín era la mayor ciudad europea, con 4,3 millones de
habitantes con más del 10% de los desempleados de toda Alemania.
En 1.932, Adolf Hitler
(Austriaco) obtuvo la nacionalidad Alemana. Dicho sujeto centralizó su poder en
Berlín, construyendo su propio imperio interior destruyendo el entramado social
y político basado en la autonomía de los Länders y los sindicatos de
trabajadores. El partido Nazi ganó las elecciones de 1.933, impulsando a Hitler
a la presidencia del gobierno de la capital del Reich. En Berlín se creó este
año la Gestapo, las SA, las SS y los centros de detención y tortura, entre
ellos Columbia-Haus en Tempelhof. A 30 km al Norte de Berlín, en Sachsenhausen,
se erigió el primer campo de concentración, último hogar de los opuestos al
nuevo régimen, muchos de los cuales lo habían votado democráticamente.
El resto de Europa, auto
complacida, demagógica y con cada estado mirando su propio ombligo demostró su
ceguera e insensibilidad ante hechos del calado de “la noche de los cuchillos
largos” (30-06-1.934) y “la noche de los cristales rotos” (9-11-1.938). La
ayuda alemana al ejército del General Franco en España era el banco de pruebas
ideal para la maquinaria bélica del gobierno de Berlín.
El 12 de Marzo de 1.938, Hitler, habiendo asumido todo el poder, anexionó Austria, su país natal, convirtiendo Österreich en la provincia alemana de Ostmark. En 1.939 Alemania invadió Checoeslovaquia y Polonia,
declaró la guerra a Francia e Inglaterra y embarcó a la humanidad en la segunda guerra
mundial.
La primera bomba de la RAF en
territorio alemán cayó en Berlín el 26 de Agosto de 1.940, en respuesta a un
raid de la Luftwaffe sobre Londres.
Tras la derrota del ejército
alemán en Volgogrado (Stalingrad desde 1.918), batalla que costó cerca de 2 millones de combatientes de ambos bandos, los rusos llegaron por segunda vez en
la historia, al río Oder y el 30 de Abril de 1.945 la bandera nazi fue arriada del
Reichstag. Berlín, ciudad nuevamente ocupada, se dividió en cuatro sectores e inventó
nuevamente; en esta ocasión, la guerra fría.
La conferencia de Postdam
certificó la desaparición de Prusia como estado y el resurgimiento de Berlín
como centro de Europa. Centro descentrado donde los hubiere, ya que se ubicaba
claramente dentro del territorio de uno de los nuevos ocupantes de Alemania.
Dos visiones distintas del mundo y su estructura socio-económica convivieron
(malvivieron) en una misma ciudad. Berlín Oeste sufrió durante once meses
(4/6/48 – 12/5/49) un bloqueo soviético, versión moderna de los asedios
medievales, salvado por el puente aéreo tendido desde la zona occidental por
los americanos. La ciudad fue un hervidero de agentes mas o menos secretos de
todo pelaje y calaña sirviendo a uno o varios de los cruzados intereses que
confluían en la puerta de Brandenburgo.
La
división física de Berlín se concretó en 1.961, cortando 192 calles, cuatro
túneles de metro, tres autopistas, líneas de tren, apostando 25.000 centinelas
(uno cada dos metros) y construyendo un muro de cuatro metros de altura,
coronado por tubos de hierro y alambradas. Segregar una ciudad no es fácil;
partiendo de la puerta de Brandenburgo, y hacia ambos lados, el muro se
extendió, llegando a 155 kilómetros de longitud. 12 kilómetros de muro de hormigón
y 143 kilómetros de estacas y alambradas, con el pretendido propósito de evitar
una invasión occidental, cuando en realidad encerraban en una inmensa cárcel a
los habitantes de Europa del Este.
Hace 15 años, en 1.976, el río
Spree que bordea el patio trasero del Reichstag, cerca de Unter den Linden
strasse en la puerta de Brandenburgo, contenía la mayor concentración de
trampas, alambres de espino y minas submarinas imaginable.
Hacia el NorOeste, la parte del
Tier Garten que flanqueaba el muro, era una especie de no-man’s land donde las
más sórdidas pesadillas podían formar parte de una realidad cotidiana. Hacia el
Sur y luego al Este, pasada la Potsdamer strasse, subiendo de la Ufer Wataloo
que bordea el Landwehr Kanal, en el cruce de la Koch strasse y la Friedrich
strasse, se encuentra el check point Charlie, una de las tres puertas que
permitían una cierta osmosis entre el oriente y el occidente.
Un
gran cartel anuncia “You are living the american sector” en cuatro idiomas; en inglés,
ruso, francés y el último, en letra pequeña, el alemán. Visible desde el lado soviético,
también hay un gran cartel, que en los mismos idiomas y formato, pero creo
recordar que con fondo amarillo, predica que se entra en el sector americano, que
no se pueden llevar armas, y que se deben respetar las normas de tráfico. Entre
uno y otro cartel, en uno y otro sentido, se deben haber producido las mayores concentraciones
de adrenalina de la história.
Los check point Alfa (Helmstadt)
y Bravo (Dreilinden) anteriores al de Friedrich strasse, permitían el paso solo
a diplomáticos y militares acreditados (la gran mayoría de pacotilla). Tras un
meandro en zona oriental, río arriba, el Spree bordea la Mühlen strasse del
lado soviético y la Köpernicker strasse del lado occidental. Pocos me parecen
los relatos narrados sobre esta época y de esta zona de Berlín. Sin revolcarse
en la miseria humana, es necesario mantener constancia de unos hechos que la
vergüenza debe forzar a no repetir.
Hasta 1.989, los berlineses del
Este debían recorrer centenares de kilómetros para pasar a zona Occidental a
través de las fronteras de Hungría y Checoslovaquia mucho más permeables que
las puertas de su propia ciudad. De Noviembre del 89 a estos días, una
destrucción casi total del muro está borrando la más reciente historia de
Berlín. Alemania acaba de anunciar el traslado de la sede de algunos ministerios
(Justicia entre ellos) de Bonn a Berlín.
Costará, y mucho, borrar las
diferencias entre dos zonas de una misma ciudad que han vivido más de treinta
años en las antípodas la una de la otra. Parte del esplendor inyectado por vía
parental por el Plan Marshall al Berlín Oeste, se deshinchará como un soufflé
sacado del horno a destiempo. Pero permanecerá la infraestructura comercial, el
ánimo de sus tenderos y restauradores, la inercia de vida que nunca han
perdido, en gran parte gracias a la alimentación asistida y la respiración artificial de
Occidente.
Para dar nueva vida a la zona
Este, se deberán hundir paredes, permeabilizar los barrios, construir tiendas en
los boquetes, iluminar sus larguísimas y severas avenidas, repintar en color
todo el gris de hormigón y de tristeza. Y la generación que ha conocido tanta
crueldad y vejaciones deberá dejar paso a nuevas generaciones, a quienes no se
tiene que ocultar su próximo pasado. Esto último, quizás, sea válido para todos
sus congéneres humanos; no fuéramos otra vez, a ir por las andadas.
Tendremos ocasión
de ver con nuestros propios ojos el estado actual de la ciudad. Con la debida
perspectiva, parte de la cual pretendo poner de manifiesto en este escrito,
debemos intentar percibir el giro brusco de la historia en el que está inmerso
Berlín. Las comunidades humanas, como los veleros, avanzan de bolina, ciñéndose
al viento y con constantes cambios de rumbo. Los vientos dominantes de la
historia son también como los de la mar, siempre contrarios al rumbo debido. Esperemos
sentir que por un tiempo Berlín podrá navegar con vientos portantes que
permitan a su tripulación reparar aparejos, limpiar calas y secar sentinas.
Personalmente, nunca podré ver
Berlín con ojos nuevos. Desde 1.976, y en múltiples ocasiones durante una
década, se fijaron en mi alma terrores que formarán parte de todas mis
pesadillas y que jamás me abandonarán. Hace poco más de un año, a finales de 1.989, asistí al colapso de una inexplicable atrocidad que separó familias, amigos y a gran parte de la humanidad en dos mundos antagónicos de forma brutal. La esperanza debería sobreponerse al temor, pero lo acontecido y lo vivido implantó profundamente la
desconfianza en el ser humano dentro de mi corazón. Espero que tú formes parte
de esos ojos nuevos que deben permitir a Berlín ser de nuevo la gran ciudad que
merece ser. Admiremos el resplandor de la capital de la nueva Europa, que nunca
debió dejar de ser centro de su cultura y humanidad.
Barcelona, Junio 1.991.