Hoy he abrazado a mi hija. Un
abrazo matutino y cotidiano sin particularidad alguna. Ella a la Uni, yo al
trabajo. Pero este simple abrazo ha evocado mi vida entera cuyo único motor son
tan solo destellos de felicidad como este fugaz momento. Mi penumbra solo se
desvanece con el centelleo de mis luceros. Mi familia, mis amigos, aquellos pocos
desconocidos que, por un instante y sin vuelta, entregan su calor para aliviar
mi frio.
Hoy he abrazado a mi hija. Efímero
remanso en el torbellino, breve soplo que se escabulle y que yo quisiera
eterno. La noche se torna día, el otoño primavera y luego, cuando
concluye, brota de mi corazón un aullido de angustia, un ansioso lamento
que solo apaciguará el próximo resplandor, el venidero encuentro.
Hoy he abrazado a mi hija y la
vida me ha sonreído. No sé si con burla o afecto. Pero a mí que más me da, si lo
pequeño de nuestro mundo es lo más grande del universo. La siempre escasa felicidad
anida en lo pasajero, que nunca se queda quieto, que jamás permanece, en eterno
vaivén, huidizo sentimiento.