jueves, 5 de abril de 2018

Descanse en paz.

Ninguna flor sobrevivió a este último invierno. Tierra quemada por el frío y la algarada. Ramas marchitas de ocres arbustos apuntando al cielo, sarmientos sin muestra alguna de su reciente agonía, es todo lo que abarcaría la vista si hubiera horizonte. Sin palabras no habrá consuelo. Sin nuevas complicidades los tallos marchitos jamás brotarán de nuevo. 
Por si no queda lo bastante claro, ha finalizado una etapa. Se ha producido un trueque de personajes y nadie sabe por donde va a salir el sol el día de mañana. Algunos cambios si se han verificado. El gobierno ha cambiado de manos y el "procés" ha muerto. En lucha por evitar el trance, su descomunal e interminable agonía no ha hecho más que desunir, destruir y enfrentar unos con otros. Países, comunidades, grupos, amigos y familias han agriado su relación sofocados por los vientos de discordia, enredo y calumnia esparcidos por... un enorme sueño para unos, un monumental error para otros. Ningún objetivo ha sido alcanzado. Ni un solo triunfo ni beneficio ha sido conseguido para la gente de a pié. Bien al contrario, se ha destruido parte de lo que tanto había costado construir y consolidar. Queda por recorrer una larga y turbulenta estela para encontrar de nuevo aire limpio donde estabilizar el vuelo. 
Solo unos pocos incondicionales no reconocen en su íntimo pensamiento que ha llegado el final de una confusa aventura. La gran mayoría es consciente del gran vacío que se va a producir en el futuro inmediato. Como tras el paso del huracán sentiremos la opresión del silencio y nos faltará aire para respirar con sosiego. Tanto para los que piensan en una oportunidad perdida como los que opinan que se trata de un error de desenlace inevitable.
Con el tiempo, quedarán nostálgicos axiomáticos como los hay de otras épocas y otros episodios, pero la mayoría de nosotros deberemos seguir conviviendo, restañando desgarros, aliviando desencuentros e integrando en nuestra andadura conjunta unos acontecimientos cuyo significado se difuminará, manteniéndose un rastro desigual en nuestra memoria.
El fondo del problema se mantendrá, porque es consustancial a la esencia humana. Lo legítimo, lo legal y lo justo difieren en demasiadas ocasiones y en demasiadas mentes de forma simultánea. El estado de derecho castiga los actos que vulneran las leyes en vigor en un momento determinado. Entidades lícitas conforme a una moral pueden ser ilegales en un lugar y tiempo definido y todo lo contrario en otros. En función del pensamiento de unos y otros, aquello considerado por unos "justo" puede ser ilegal aunque se considere legítimo en determinadas circunstancias.
Nos damos unas reglas que conforman un marco normativo donde impera un cierto orden. Dentro del propio marco deben existir procedimientos para poder modificar el ordenamiento y por tanto permitir evolucionar el ámbito legal que ampara las acciones permitidas en un momento y lugar.
Quebrantar la ley no es perverso en sí mismo. Pero se debe ser consciente de que el sistema se defenderá castigando al transgresor. No valen payasadas, lacitos, ni paños calientes. El que atenta contra el orden establecido saltándose los cauces dentro de él dispuestos, debe ser castigado. No porque sea lo justo, sino por la simple supervivencia del propio sistema. 
La perversión es aprovechar el poder, el cargo y los recursos del sistema para atentar contra éste y generar inestabilidad y desgracia a quien se debería procurar felicidad mediante la administración de los bienes públicos. Usar la falacia y el engaño como tácticas al servicio de una estrategia de enfrentamiento y división no podía acabar bien.
El "procés" ha muerto. Descanse en Paz... hasta la próxima.