Estado.
No es que quiera calentarme la cabeza sin objeto. Deseo estructurar razonamientos entorno a una problemática que, si bien no es postiza ni reciente, se está imponiendo con cierto atropello por parte de políticos y periodistas. Dado que desconfío de ambas sublimes castas, se me antoja urgente documentarme sólidamente antes de que me coman más el tarro.
A sabiendas de que las cosas evolucionan, la historia es condenadamente reacia a cambiar su curso salvo intervención masiva de la estupidez humana, cuyo efecto habitual más destacable es el derramamiento de sangre. Cabe recordar el reciente incremento de la tasa de suicidios en algunos países de Europa. No solo en las guerras, declaradas o no, muere gente de forma violenta, pero si masivamente y de modo organizado.
A lo que voy (por ahora) es al concepto de Estado. ¿Qué es un Estado? ¿Cómo se constituye? Me he puesto a releer algunos autores casi olvidados y a buscar documentos que no conociera (y asusta la cantidad y la facilidad de dar con ellos), buceando a no demasiada profundidad en estanterías físicas y el océano virtual de internet.
Hay conceptos coincidentes y otros complementarios e incluso algunos divergentes o contrapuestos en las distintas definiciones de los distintos autores. Me intereso más por la praxis del Estado moderno que por las teorías históricas que ya formulaban Egipcios, Persas y Griegos, pero no quiero olvidar que fue Maquiavelo (en su obra “El Príncipe”) quien introdujo en un idioma moderno la palabra “Stato” (Estado en italiano), por primera vez. El autor que introduce en un idioma moderno una nueva palabra dentro de una obra relevante, y ésta permanece, formula un nuevo concepto en su ámbito cultural. Sigmund Freud incluyó las palabras “Tótem y Tabú”, jamás utilizadas anteriormente en occidente y cuyos significados eran compendios conceptuales difícilmente expresables en los idiomas modernos.
Me remito pues a la primera formulación de la palabra moderna “Estado” cuyo sentido era el de una organización basada en población, territorio y dotada de estabilidad mantenida en un statu quo mediante el uso de la fuerza. Por tanto el sentido inicial de la palabra comporta la imposición endógena dirigida a sus propios súbditos, atribuyéndose el poder establecido, la exclusividad en el uso de la fuerza. En el siglo XIX Franz Oppenheimer define el Estado como “la institución social impuesta por el grupo victorioso al derrotado, con el propósito de regular su dominio y de agruparse contra la rebelión interna y los ataques del exterior”. Aún más terrible me parece la definición de Karl Marx “El Estado no es el reino de la razón, sino de la fuerza; no es el reino del bien común, sino del interés parcial; no tiene como fin el bienestar de todos, sino de los que detentan el poder…”
El más alentador de los enunciados define el Estado como una organización de carácter social y territorial cuya principal finalidad es el bien público en contraposición con el particular e individual. Dicha organización ejerce su poder de mando mediante la imposición de órdenes. La jerarquía de las órdenes, según dice Dabin, "está determinada por la jerarquía de los fines". Esto no quiere decir que dentro de la estructura constitucional de diversos Estados, el poder no tenga diferentes manifestaciones y que no existan diferentes estructuras de autonomía dentro del Estado, como sucede en el Estado Federal. Pero aun en estos casos en que existen esferas de autonomía, como son los Estados particulares, en los llamados Estados miembros de las Federaciones o Confederaciones, siempre existe un órgano, que es el que posee el poder supremo, por encima de esos poderes particulares. (Poder de categoría superior). Existe siempre una jerarquía y en lo alto de esta jerarquía, la cúspide del poder, se encuentra la soberanía.
Si me pongo a pensar donde reside la soberanía de las muchas órdenes de las que derivan las obligaciones a las que los ciudadanos estamos sujetos, obligados – forzados sería la palabra - de forma directa, indirecta o subordinada, me entran escalofríos y se me agria el aliento. Partes sustanciales de soberanía residen en instituciones supra nacionales y supra estatales cuya finalidad puede apartarse sensiblemente de la anterior definición de Estado.
De estas y muchas otras definiciones, se infiere que el Estado está basado en la fuerza para defender su estabilidad tanto hacia su propio interior como frente al exterior de su territorio. Por tanto detenta la exclusividad en el uso de la fuerza en su territorio.
Según la ONU, hay 243 entidades territoriales con características de País o Nación, aunque sólo 194 de ellas son reconocidas como Estado por la mayoría de la comunidad internacional, siendo miembros de la ONU 193 de ellos (Ciudad del Vaticano es observador no miembro).
Hay en el mundo 49 entidades nacionales no reconocidas pero si consideradas por la comunidad internacional. Diez de estas entidades son definidas como Estados según el derecho internacional consuetudinario, tras el precedente establecido en la Convención de Montevideo (1.933) que, en su primer artículo declara el estado como persona de Derecho Internacional que debe reunir los siguientes requisitos: I. Población permanente. -II. Territorio determinado. - III. Gobierno. - IV. Capacidad de establecer relaciones permanentes con los demás Estados.
El artículo 3 de dicha Convención afirma explícitamente que "La existencia política del Estado es independiente de su reconocimiento por los demás Estados." Este principio es conocido como la teoría declarativa de estado. No obstante, según la teoría constitutiva de estado, un estado existe sólo cuando tiene el reconocimiento suficiente como tal por parte de otros estados. En la práctica, un Estado solo toma personalidad jurídica cuando es reconocido como tal por la gran mayoría de los demás Estados que forman la comunidad internacional de Estados independientes y no es objeto de veto por parte de ninguno de los calificados para ello.
Las diez entidades definidas como Estados sin el debido reconocimiento internacional son las siguientes:
- Abjasia, región de Georgia autoproclamada independiente, reconocida internacionalmente sólo por Nauru, Nicaragua, Rusia, Tuvalu, Vanuatu y Venezuela, además de por los estados no reconocidos de Osetia del Sur, Transnistria y Nagorno Karabaj.
- Nagorno Karabaj, independiente dentro de Azerbaiyán, reconocida internacionalmente solo por los estados no reconocidos de Abjasia, Osetia del Sur y Transnistria.
- La República Turca del Norte de Chipre, sólo reconocida diplomáticamente por Turquía.
- Kosovo, provincia autónoma en territorio serbio que ha declarado unilateralmente su independencia, diplomáticamente reconocida por 91 estados miembros de Naciones Unidas. Serbia, entre otros, niega su independencia, que no ha sido reconocida por la ONU, a pesar de haber sido de facto un protectorado de esta organización.
- Osetia del Sur, región de Georgia autoproclamada unilateralmente independiente, reconocida internacionalmente sólo por Nauru, Nicaragua, Rusia, Tuvalu y Venezuela, además de por los estados no reconocidos de Abjasia, Transnistria y Nagorno Karabaj.
- La Autoridad Nacional Palestina, una región árabe autónoma en la región de Palestina, miembro de la Liga Árabe y la Organización de la Conferencia Islámica, reconocida por más de 100 países miembros de la ONU y observador permanente en la misma, con soberanía parcial sobre sus territorios, el 31 de octubre de 2011 fue aceptada como miembro de pleno derecho en la UNESCO, siendo respaldada por 107 países frente a 14 votos en contra y 52 abstenciones.
- La República Árabe Saharaui Democrática en el Sahara Occidental, miembro de la Unión Africana y de la Alianza Estratégica Afroasiática conformada en la Conferencia de Bandung de 2005, reconocida por 81 miembros de la ONU, pero nunca admitida por ésta, con la mayor parte de su territorio bajo administración de facto de Marruecos.
- Somalilandia, independiente dentro de Somalia, pero sin reconocimiento internacional alguno.
-Taiwán (República de China), que por su Constitución se auto considera el gobierno legítimo de toda China, aunque formalmente ya no aspira a controlar la China continental; a finales de 1971 fue sustituido como miembro de la ONU y en el reconocimiento mayoritario por la República Popular China, pero actualmente es reconocido por 22 miembros de la ONU y por la Santa Sede, y tiene relaciones internacionales de facto con muchos otros países.
- Transnistria, región de Moldavia autoproclamada independiente, sólo reconocida por los países no reconocidos, Abjasia, Osetia del Sur y Nagorno Karabaj.
Los otros 39 territorios considerados tienen población nativa y son dependientes de Estados reconocidos, entre los cuales se cuentan territorios externos, estados libres asociados, colectividades de ultramar e incluso comunidades “sui generis” como Nueva Caledonia.
No son territorios considerados aquellos que no tienen población nativa, como Antártida, Atolón Midway, Islas Sandwich o Georgias, etc. Tampoco son considerados aquellos Países, territorios ni entidades que forman parte de Estados miembros de la ONU (Escocia, Inglaterra, Gales, Irlanda del Norte – que pertenecen a Gran Bretaña- así como Quebec, Flandes, Martinica, Reunión, Guadalupe, entre muchos otros).
De todo ello deduzco que el tránsito de territorio nacional a estado, salvo proceso bélico, es una transformación cuyo procedimiento dura decenas de años si no siglos, venciendo toda clase de inercias e intereses visibles y ocultos.
Las diez entidades definidas como Estados sin el debido reconocimiento internacional han vertido sangre humana propia y ajena durante años para ser considerados como tales. Todos ellos.
No he encontrado en la historia de la humanidad el antecedente de ningún pueblo y territorio cuya riqueza fuera superior a la media del estado al cual pertenecía, que lograse su independencia sin provocar casus belli y el consiguiente derramamiento de sangre. Si existiera tal precedente creo que sería útil e importante conocerlo. En todo caso, para mí, humildemente, la presente recopilación de datos es sustancial y relevante.
Si la máxima expresión de un Estado es la fuerza, explícitamente para la preservación de su principal finalidad, el bien común y su integridad territorial, los medios lícitos usados por el Estado para mantener su estabilidad interna y defensa externa son los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y su ejército.
Ningún Estado carece de cuerpos y fuerzas de policía para mantener el orden interno y la estabilidad de su esencia. Existen 25 de las 204 entidades definidas como Estado en el mundo, carentes de organizaciones suficientes para ser consideradas fuerzas armadas propias (cuyo principal fin es la defensa del estado frente a amenazas externas).
La gran mayoría de los países sin fuerzas armadas son islas (Barbados, Dominica, Granada, Haití, Islandia, Kiribati, islas Marshall, isla Mauricio, Micronesia, Nauru, Palaos, islas Salomón, Samoa, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Tuvalu y Vanuatu) o micro estados (Andorra, Liechtenstein, Mónaco, San Marino y Ciudad del Vaticano). Todos ellos están bajo la protección de otros Estados dotados de fuerzas armadas, mediante tratados internacionalmente reconocidos.
Por proximidad, me parece relevante el caso de Andorra que no tiene fuerzas armadas propias siendo su defensa responsabilidad de España y Francia mediante sendos tratados, de índole muy similar y cuya última actualización, en ambos casos, está fechada en junio de 1.993. Dichos tratados garantizan la intervención de ambos estados ante una amenaza exterior, emergencias y/o desastres naturales. Andorra es un país insólito ya que la jefatura de su estado (donde reside supuestamente la soberanía real), es compartida por el Presidente del estado vecino Francia y del Obispo de La Seu d’Urgell, municipio y obispado colindante del vecino estado de España.
Después de lecturas y reflexiones ¿Para qué sirve un Estado? Esta es la pregunta básica, y la respuesta no es alentadora. Un estado sirve ante todo para el sostenimiento de su permanencia, su organización e integridad territorial y el cumplimiento de sus órdenes por parte de su población. En una democracia la soberanía, supuestamente, dimana del pueblo, quien, mediante elecciones, elige a sus representantes para que gobierne el Estado.
La casta dominante ha ideado durante siglos miles de disfraces para mantener su estatus. Su organización es diversa. Tribus, dinastías, familias, linajes, partidos, todo vale para conservar el poder. La democracia no es más que una máscara más, con una justificación intelectualmente más sofisticada pero sin un ápice de renuncia por parte de las castas dominantes.
Llego a la conclusión que el Estado, en nuestro caso, es además un ardid de aquellos que tienen el poder de poner y quitar nombres de las listas cerradas de los partidos que se presentan a las elecciones. Luego, los elegidos por el pueblo, sabedores de que su deuda es con quien le ha puesto en la lista, se someterá a las órdenes que de éste provengan. En todo caso el pueblo habrá perdido toda su soberanía y el engaño habrá surtido plenamente su efecto.
“Un súbdito debe obediencia a su rey por haber nacido o haber sido sometido por el reino (y por la gracia de Dios).”
En democracia el efecto es el mismo salvo que de forma más sutil, el ciudadano ni tan siquiera sabe quien ostenta la soberanía real de donde proceden las órdenes a las cuales está sometido. Puede ser el consejo del banco mundial, del fondo monetario internacional, del banco emisor, el consejo europeo, el parlamento, una y mil agencias supra estatales o cualquier otra organización de carácter económico o político-económico.
Los consejeros, comisarios o gerifaltes de dichas instituciones, que ejercen la soberanía real en todo el mundo nunca han sido elegidos por un inculto pueblo ni tan siquiera, en la mayoría de los casos, por sus representantes directos. Los méritos para pertenecer a esta super-casta es un complejo entramado de intereses compartidos por los que ostentan realmente el poder y la soberanía en el mundo. “¿Los mercados?” No tengo duda que detrás de esta pantalla se ocultan personas de carne y hueso, familias que detentan una inconfesable masa de riqueza a nivel mundial.
Antiguamente un rey o un dictador, en quien residía la soberanía del estado, podía de vez en cuando perder su cabeza bajo un hacha o una guillotina. Hoy el poder se ha elevado dos escalones, designa quienes ejercen la soberanía (sus hombres de paja), quienes a su vez, emiten órdenes a los gobernantes de los estados. El poder se ha escondido tras una trama densa y opaca, cuyo altísimo coste de mantenimiento es costeado por … el pueblo “soberano” ¡ja!
Actualmente la casta imperante de un estado está formada por gobierno y oposición, grupos variables heterogéneos que alternan sus funciones pero cuyas familias son garantes de la fiabilidad requerida para la permanencia del conjunto. El grupo temporalmente en el gobierno del estado por una parte se ocupa de mantener el statu quo para que la alternancia del mando se mantenga dentro de las familias de su propia clase política. Por otra, está sometido a las órdenes procedentes de los entes superiores (en nuestro caso, Europa, el FMI, el banco mundial, la comunidad internacional, los “mercados”, la ONU, etc. etc.). Dichas órdenes son implantadas en el ordenamiento jurídico del estado, matizadas por la ideología del grupo mayoritario en el gobierno del momento.
El estado, con el fin de blindar su permanencia, además de los cuerpos y fuerzas de seguridad, instituye y sostiene organizaciones y poderes de muy distinto pelaje. El gobierno y la propia administración del estado son las principales. Formados por entidades complejas y distribuidas en múltiples capas, emiten y transmiten órdenes, pero también ejercen la fuerza para obligar a su cumplimiento (congreso de diputados, senado, ministerios, fuerzas y cuerpos de seguridad, fuerzas de defensa, servicios más o menos secretos, embajadas, delegaciones, comunidades, diputaciones, consejos comarcales, consejos comunales, ayuntamientos, empresas públicas y semi-públicas, cámaras de comercio, y otras falsas y serviles congregaciones de la sociedad civil). Hoy las grandes empresas, pesebres preferidos del flujo de puertas giratorias, han sido dotadas de un apabullante armazón normativo y son tan temibles como la propia administración fiscal del estado.
Los sindicatos, títeres actuando de rémoras, aportan la coartada base del estado social. El poder judicial, con sus órganos de poder, jueces y magistrados nombrados directa o indirectamente por el poder político y con una prepotente y ensalzada supuesta independencia, confiere al estado su fundamento de ”estado de derecho”. La manifiesta connivencia con banqueros, financieros, periodistas y voceros de toda calaña, completa la estructura de una madeja inextricable de intereses ocultos y lealtades encubiertas que forman de facto el sistema de poder dentro de un Estado.
Una característica común a los organismos de un estado es el poder de endeudamiento, lo cual constituye uno de los mayores fraudes del sistema. El ciudadano paga impuestos directos e indirectos, bajo un nombre u otro, suponiendo inocentemente que su valor les será devuelto en forma de prestaciones comunes, inversiones y servicios. La presión fiscal ejercida por un gobierno es un factor relevante en la valoración del partido que representa a fin de obtener votos por su eficiencia. Pues resulta que el valor de las prestaciones en servicios de los organismos a una u otra comunidad poco o nada tienen que ver con los impuestos que pagan. Al menos de forma directa e inmediata. Cualquier alcalde, presidente de comunidad autónoma o el propio gobierno puede endeudar a su población, obteniendo recursos del “mercado” (generando deuda) y gastar dichos recursos favoreciendo los intereses mayormente inconfesables de partidos políticos y grupos de presión (básicamente económicos, pero también sociales). Los gobernantes hacen pagar impuestos pero también endeudan a futuras generaciones que deberán pagar al “mercado” las prestaciones, inversiones y “favores” que reparten a su antojo en el presente. Una vez más, todo vale para mantener el poder aunque sea en el corto plazo.
El pueblo, en su calidad de individuo llamado ciudadano, se pierde en sus primeros pasos por el laberinto elaborado por el sistema a fin de que jamás encuentre el camino de la razón ni la justicia real. El ciudadano, según los gobernantes, no precisa entender el estado. Se le pide, se le exige el simple cumplimiento de las normas y obligaciones emitidas por el estado y sus organizaciones. El propio estado legisla para establecer una asimetría de derechos que obliga a su organización jurídica a fallar a su favor sin recurso a la razón ni al sentido común.
A mi entender existen seis poderes dentro del estado. Los tres poderes reconocidos son el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial con su entramado laberíntico de agencias, organizaciones, instituciones, fundaciones, organismos y empresas. Los medios de comunicación masivos regentados por grupos adscritos servilmente al poder establecido, y con la función de divulgadores, creadores de opinión, manipuladores y voceros, son reconocidos como el cuarto poder.
Se cita a menudo el poder económico – el quinto – sin reconocerle su función vertebradora de toda la sociedad mundial. Los intereses defendidos por las entidades internacionales (mal llamados mercados) imponen sus órdenes desde estados y sus gobiernos al simple individuo, presa fácil propiciada por la legislación y las normativas al uso emitidas por toda administración. Así, es obligatorio tener una cuenta bancaria para pagar alquiler, hipoteca, impuestos, servicios básicos, etc. El pago en efectivo está estrictamente limitado con la excusa del control fiscal. ¡Cuán fácil sería eliminar radicalmente el papel moneda y substituirlo por una cámara oficial de compensación electrónica en el ámbito de cada divisa! El ciudadano acaba pagando comisiones, e invirtiendo sus ahorros en estafas promovidas por instituciones financieras, secundadas y cubiertas por la envolvente legal necesaria para su inmunidad. Por encima del bien y del mal, arropando todo el entramado político y social, este quinto poder debería ser llamado el primero sin discusión alguna.
A mi entender, existe un sexto poder, edulcorado, amañado, domesticado, sometido y avasallado que es el pueblo, al que aduladoramente, llaman soberano. Es un poder telúrico temible en sus manifestaciones explosivas que son reconducidas mediante el uso de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. Solo de vez en cuando, en función de la debilidad del gobierno, del agotamiento social y la desesperanza, fragua un movimiento caótico que pone en jaque la esencia misma del estado con procesos cruentos y de dudoso éxito ya que solo producen un cambio de familias en las castas dominantes. El sofisticado sistema democrático ha diseñado vías de escape para la presión social, a fin de evitar en lo posible su estallido. Los derechos regulados y limitados de expresión, reunión, manifestación, las consultas y referéndums no son más que válvulas controladas de escape. No deben confundirse con los procesos electorales, que no son más que la coartada necesaria para la supervivencia del sistema dentro del estado democrático. En algunos países de nuestro propio entorno, votar en unas elecciones, ya no es un derecho sino un deber para el ciudadano que para eso es soberano, como está mandado (sic). ¡Es horripilante que un derecho se torne deber bajo amenaza de sanción pecuniaria!
La esencia del estado es, en definitiva la de la vida misma. Desde la simple célula a la más compleja estructura formada por la vida; su principal finalidad es su continuidad, su perpetuación. No es intrínsecamente bueno ni malo, forma parte del macro sistema mundial de organizaciones socio-territoriales.
Lo que se muestra execrable, es la utilización en beneficio propio de la estructura de estado por parte de grupos minúsculos de personas poseedoras de las más inmensas fortunas del planeta y la connivencia voluntaria o forzada de las castas dominantes de organizaciones y poderes, en detrimento del bien común y la felicidad humana.
Por ello condeno a esta panda de atroces chorizos, ruines, ambiciosos, avaros, usureros y crueles asesinos, a vivir eternamente con mi desprecio y mi repulsa.
Releído hasta aquí, abandono este documento, ya que una vez más, mis pesquisas y mi ansia de saber no ha colmado ningún hueco intelectual, ni aportado ninguna satisfacción.
Millones de personas honradas forman decenas de miles de gobiernos embebidos en centenares de estados deshonestos. En algunos de sus eslabones se va perdiendo la virtud y se incorporan vicios y defectos que acaban en corrupción e inmoralidad gangrenando el sistema, permitiendo la degeneración de sus fines y, a la postre, que imperen los intereses de diminutos grupos de seres inmensamente ricos en detrimento del planeta y de la felicidad de la especie humana.