Aún de noche, acabo de aparcar frente al mirador. He
dejado una nota a Tono para que no eche en falta la furgoneta. Tavi, Pepet, Joe
y Tono se han quedado durmiendo en Sanxenxo. Esta gente se levanta tarde.
Me acerco al mirador y me asomo al oscuro valle. El
lúgubre resplandor de un solitario foco en la explanada del monasterio intenta
vanamente iluminar el frío espacio vacío.
Un leve rumor de tumulto asciende del fondo del abismo.
Distingo una larga fila de personas en desorden y tropezando, siguiendo una
litera envuelta en velos, portada por seis esclavos. Tono me había dicho que
los lectiari (o porteadores de literas) se habían extinguido siglos atrás.
Sorprendido, enfoco mi lente monocular comprada en Guetaria y fabricada en
Albacete hacia la penumbra del barranco. Se adivina el asomo de un pecho y una
pierna desnuda, desvelando que la ocupante de la litera debe ser fémina de alto
rango.
A mi lado me sorprende el jadeo de un monje que viene a
apoyar su largo anteojo monocular a mi hombro derecho. Percibo delante de la litera
un hombre medio encadenado, andando a tropezones, azotado por soldados romanos
con sus flagrum (antiguos flagelos de seis puntas que también creía
desaparecidos). Reconozco a Junqueras que parece gozar de cada azote recibido.
También reconozco en aquel momento al monje, que no es otro que el Abad de
Montserrat en un estado de excitación impropio. Al estar apoyado a mi espalda,
me ha introducido el pene en mi culo y es presa de un ardor fogoso que temo
interrumpir.
Asoma en este momento de la litera el rostro de Inés Arrimadas.
Mis esfínteres se relajan y el Abad se corre en un resoplido que más se asemeja
a un aullido. Un batir de alas nos distrae. Es un viejo buitre desvencijado con
la cara de Puigdemont que viene a nutrirse de las vísceras de cuerpos
malolientes tendidos en la plaza del mirador. “Es lo que queda de la familia
Pujol”, me susurra el Abad mientras retira su exhausto pene de mi ano
insensibilizado por las decenas de miles de penetraciones sufridas. Del fondo
del valle un fuerte alarido de Inés anuncia su enésimo orgasmo dejando ver un
magnífico consolador de talla ciento cincuenta y cinco.
Llega un autocar de turistas. Son del parlamento europeo. Primero bajan efebos
y putillas, luego porteadores, mayordomos, gobernantas, palanganeros, criados y criadas. Finalmente,
los parlamentarios que vienen a hacer una ofrenda a la Moreneta por haber sido
elegidos una vez más para cinco años de dorada lujuria y farniente. Encenderán
un cirio de tamaño monstruoso a Santa Cristina Lagarta para que les suelte más
pasta.
Siento vergüenza de mi desnudez. Mi excesiva barriga me
acompleja. Pero los políticos me ignoran, uniéndose al Abad que se seca la mano
en su acartonado hábito antes de impartir la bendición urbi et orbis.
Al otro lado de la montaña, cerca de Odena, retumban alaridos del
poblacho asalvajado combatiendo a favor de unos u otros bandos a base de darse
estopa y quitarse los ojos con las horcas de dos pinchos. Algunos de ellos
llevan una máscara con la cara de conocidos activistas. Auténticos
bárbaros asilvestrados, buscan sacarse los ojos al grito de “¡Tú no lo vas a
ver!”
Tavi sigue dormitando en el fondo de la furgo. Escucha
simultáneamente Catalunya radio, Racc1 y Catalunya informació. Ve Tv3 por el
iPad y la repetición del partido de Messi por internet. Se dopa para preparar
una jornada que, sin duda será dura. Joe hace cálculos de cabeza sobre la fuerza
del golpe de ariete que utilizaron los Romanos en las Médulas. ¿Es fuerza,
energía o presión… Dios qué dilemas! Pepet no se mete con nadie y duerme como
un bendito.
No entiendo qué hacen aquí, si los dejé en Sanxenxo.
Un leve campanilleo me anuncia que mi iPhone se ha despertado. Son las 10:59
(siempre me levanto antes de las once).
¡Vaya! Era una pesadilla. Estoy en mi casa. He dormido
mal, pero estoy bien. Por cierto, Tono, gracias por la furgo…
Barcelona 24 de Febrero de 2019 D.C.